Estado fallido

¡Cállenla! ¡Cállenla!

Desde el domingo por la tarde hemos estado fascinados, como cada año, con los spots del Supertazón que son, sin duda, una maestría en sí respecto a la creatividad y capacidad de impacto. Por eso es todavía prender la radio nacional y escuchar, inevitablemente a una niña aparentemente poseída por algún demonio encadenado a los supermercados gritando “Di que sí, di que sí, di que sí”, hablando del redondeo.

Primero que nada, las estaciones de radio deberían quejarse amargamente, porque aunque apoyen la causa, sobre todo si apoyan la causa, no les conviene la cantidad de gente que enseguida pica el primer botón cercano para acabar con ese tormento. Es más insufrible que una mala endodoncia. Es menos efectivo que si pusieran a Lucero a hacer un anuncio contra la crueldad contra las animales.

Como esas cosas no pagan pauta comercial, entonces, igual que los spots de gobierno las escuchamos todo el día, en todos los cortes sin piedad alguna por nuestra estabilidad emocional. ¿Alguien puede hacer algo? Hasta la fecha no, nadie ha podido. Algún feliz publicista convenció a algún incauto personaje en una situación de poder de que esta era la forma de recaudar esos fondos tan necesarios para la… ¿para qué eran? NUNCA he escuchado toda esa cosa sin cambiarle, así que me queda muy claro que sí hay publicidad mala.

Muchos me aseguran que estos proyectos de tortura pop propagandística funcionan, porque si no, no los usarían. ¿Pero creen que alguien amó más a Felipe Calderón y al gobierno federal por ese spot del chiflidito? (solo por eso fue un alivió el fin del sexenio anterior). ¿Creen que alguien más tomó más agua, porque era Glú Glú? ¿No están hartos de un tribunal que se la pasa comparándose con Nelson Mandela?  Y de verdad, creen que porque con voz de malos tipo Molotov nos canten “Chécate, mídete, muévete” alguien va a dejar los taquitos de suadero y saldrá a conquistar los 100 metros planos? (Hasta los aviones de aerolíneas mexicanas, en sus mesitas de servicio, traen una estampita con ese lema).

Estoy convencida de que para lo único que sirven esos spots es para hacernos enojar y que rechacemos el mensaje. No todos, pero sin la menor duda, aquellos que evidentemente nacieron como la gran idea de algún creativo que no le importa arruinar nuestra vida con tanta contaminación auditiva, con tal de vender un proyecto. Yo mejor ya ni lloro, lo que pasa es que “tengo una basurita en el ojo” (aunque aún no tengamos carretera).

Me pregunto

Por qué no lo puedo evitar después de saber detalles sobre la muerte de Philip Seymour Hoffman. ¿Es más triste la muerte de alguien porque poseía un talento descomunal? No lo sé. Simplemente es profundamente triste.

¡Que alguien me explique!

¿Por qué de pronto todos los programas de chismes consideran que son expertos en la vida y hábitos de Woody Allen?   

susana.moscatel@milenio.com