Estado fallido

Animales desempleados

Más allá del debate político y de las opiniones profundamente encontradas respecto al fallo de prohibir los animales en los circos de La Ciudad de México, ahora hay una labor mucho más importante que ganar una batalla legal para los animalistas. Se tienen que asegurar de que esos animales que ahora están (felizmente para muchos, quizás) desempleados no encuentren un final peor que la vida de esclavitud que ya llevaban.

Ya sabremos qué pasa en las siguientes generaciones. Ya nos enteraremos si para nuestros hijos y nietos la idea de un circo con animales será tan extraña y alienígena como la idea de fumar en un avión para nosotros ahora. ¿Pero los bichos de hoy? ¿Los van a sacrificar porque ya no hay quien los mantenga? ¿Inventarán santuarios de la nada? Harán “lo correcto”, los liberarán y dejarán que la madre naturaleza se encargue de aniquilarlos después de que nosotros los domesticamos.

Esa es la verdadera misión de todos aquellos que amamos a los animales en todo este asqueroso engrudo político ahora. Un triunfo como este puede ser un desgarrador final para “los protegidos”. Y las buenas intenciones no son suficientes. ¿Recuerdan la triste noticia de Keiko encontrando la prematura muerte solo en los helados mares de Islandia? Las cosas, por más que vengan del corazón, tienen que hacerse con la mente. Así que, ¿ahora qué, pensamos hacer con esos animales desempleados?

La nacionalidad del humor

¿Cuántas veces nos hemos congratulado porque una película de estúpido humor gringo no nos ha hecho reír? Es un estado mental bastante curioso, porque estamos celebrando el hecho de que nos consideramos superiores a aquellos que si encuentran humor en cosas como las flatulencias o los trancazos. ¿Qué nos hace reír a nosotros? Pues no sé si cosas más sofisticadas, pero definitivamente diferentes. 

Pueblo chico, pistola grande es para mí el ejemplo perfecto del placer más culposo que hay en esta materia. En lo personal, estoy convencida de que Seth McFarlane (Family Guy, Ted) es un genio. Hay una muy delgada línea entre Adam Sandler haciendo chistes de flatulencias y entre el ojo crítico de un cínico sin perdón de Dios que sabe reírse de todas nuestras más miserables debilidades humanas. Cuando logra hacer esto con todo y una gran canción, yo soy cliente. Muchos no estarán de acuerdo, y no, esta cinta no es tan brillante como Ted. Pero tiene lo suyo para quien solo quiera pasársela a lo grande con ese estúpido humor gringo.

¿En serio?

¿Que mañana empezarán unos cuantos partidos de futbol? 

susana.moscatel@milenio.com