Estado fallido

Adivínele, adivínele…

Claro que las quinielas son divertidas y es naturaleza humana tratar de anticipar cómo terminará una competencia que tiene los ojos del mundo encima. Pero en esta temporada del año pareciera que a quienes tenemos el privilegio de cubrir cine se nos exige que tengamos poderes de adivinos para poder demostrar que merecemos nuestros trabajos.

“¿Quién va a ganar?”, nos preguntan una y otra vez. La tentación es enorme. Es un juego muy divertido y extraordinariamente divertido. Y ahí vamos, tratando de demostrar que somos lo que más sabemos cuándo, la verdad, no hay una sola fórmula mágica que sea constante para lograrlo.

Claro, si solo nos preguntaran: ¿cuál es la mejor película? Bien podríamos usar nuestros conocimientos (pocos o mucho), para hacer un análisis libre de pasión que nos permitiera casi de forma matemática sacar conclusiones. Pero, ¿qué creen? Esta no es una vida libre de pasión y mucho menos este es un negocio libre de pasión. Y por lo mismo los más de 6 mil miembros de la Academia votan, en la mayoría de los casos lo que está en sus corazones.

Podemos entender cómo está compuesta esta Academia. Aún, a pesar de un serio esfuerzo por generar diversidad en ella (su presidente es una mujer afroamericana razonablemente joven) siguen prevaleciendo los hombres caucásicos de más de 60 años. El viejo Hollywood. El que todavía tiene las heridas y las susceptibilidades del siglo pasado. Y tienen unas manías muy extrañas. Podemos irlas entendiendo y así jugar a la política. Es otro juego muy divertido. Pero tiene sus serias desventajas: estas susceptibilidades cambian con el tiempo y con el acontecer histórico.

Si 12 años esclavo le gana a Gravedad, por ejemplo, me quedaría muy claro que es porque toca la herida más profunda del psique colectivo de Estados Unidos: la esclavitud. Lo hace con la suficiente distancia para que el público no se sienta responsable de lo que la generación de sus abuelos hizo. Pero con la crudeza necesaria para no permitirles evadir lo que sienten. Arma de doble filo, sin duda. Pero ha funcionado.

Estafa americana, 12 años esclavo y Gravedad no podrían ser más diferentes entre sí. El mismo Woody Allen lo ha puesto mejor que nadie: poner a competir al arte entre sí es no entender de que se trata todo el proceso. Pero, siendo también él más agudo observador de la naturaleza humana y nuestros vicios, sabe que igual lo acabaremos haciendo y mejor se arroja a su clarinete en lo que nosotros gritamos por nuestros favoritos.

¿Quieren que adivine? Esta bien, pero lo haré con el corazón. Con la certeza de que he visto todas esas películas, hablado con cada uno de sus directores y estudiando cuáles son las motivaciones políticas y emocionales que estos días mueven a la Academia. Ya lo haremos cuando se acerque la ceremonia, al fin que nos encanta meternos en broncas. ¿Eso tiene que ver con cuál es la mejor de esas películas? Ni remotamente de cerca. 

susana.moscatel@milenio.com