Estado fallido

Adiós a la inocencia

Es imposible encontrar palabras, frases o calificativos que no se hayan usado un sinfín, durante los últimos días, cuando se trata de describir lo que Chespirito significó para cada uno de nosotros, pero en el hecho de que esta despedida haya sido una experiencia colectiva, masiva y mediáticamente extrema, no nos roba de nuestros recuerdos respecto a Roberto Gómez Bolaños a nivel personal.

Yo con eso me quedo. Con la emoción de los lunes a las ocho de la noche, porque sabía que iba a pasar un gran rato frente a la televisión con personajes que en esos días mozos yo no analizaba, tan solo quería y aceptaba como parte de mi vida. Una muy bella parte de ella. Nunca voy a olvidar un lunes que me porté mal, no recuerdo el pecado, pero en definitiva sí el castigo. “La tele se queda apagada. No hay Chavo del 8 esta semana para ti”. Lloré. Pataleé, pero por más que me dio la chiripiorca nada funcionó.

En esos tiempos la bolsita de papas más popular incluía unas estampitas esponjadas con los personajes de El Chavo del Ocho. Las coleccionaba y las pegaba en una columna en mi recámara como si fueran trofeos ganados con todo mi esfuerzo. El día que nos mudamos de casa me acuerdo que me apreté contra esa pared, abrazándola. No se podían despegar, se rompían. Sentía que dejaba atrás una parte de mi infancia, de mi vida. Tenía razón.

En Plaza Universidad había una señora que se decía muy amiga de Doña Florinda. Era dueña de una tienda de ropa y nos había prometido una foto autografiada y hasta la posibilidad de conocerla. Íbamos todos los domingos y con tristeza nunca cumplió. Pero la ilusión de conocer al personaje (“no traerá los tubos puestos, Susy, no quiero que te decepciones”, me decían mis padres) nunca la voy a olvidar.

Hace unos días comenté frente a un adulto de mi familia (cuando hablo de El Chavo yo tampoco me siento mayor de 11 años) de lo efectivo que es tener tranquilo a un niño hoy en día solo con darle un iPad. ¿La respuesta? “Tú nos salías mucho más barata. Solo había que ponerte uno de los discos de Chespirito y dejabas de emitir sonido alguno”, y eso que era de esas niñas hiperactivas de los 80. Órale.

Leo todo esto y me aferro a esas historias como los únicos momentos de inocencia absoluta de mi vida. Sé que millones de personas tienen los suyos. Y los agradezco desde el fondo de mi alma, porque estos días no queda nada así. Mucho menos algo que nazca de las televisoras. Tal vez es una herencia de otros tiempos, pero sí, siento que se nos fue el último grande, auténticamente querido por tantos millones.

No falta ni faltará la controversia. A mí me pareció buena idea que se hiciera el homenaje en el estadio Azteca, porque la gente que fue a rendir tributo lo hizo desde lo más auténtico de su corazón. La transmisión fue otra cosa (lean a Álvaro Cueva al respecto, por favor). Se habló mucho de Bellas Artes, pero ¿en momentos como estos quisiéramos politizar algo así? Porque eso pasaría, sin duda. ¿Aunque sea sin querer queriendo? Claro que lo merece (sé que muchos no podrían estar en más desacuerdo, pero me sostengo).

Después de años y años de cubrir espectáculos pienso más que nunca que lo simple de la comedia de Chespirito, por lo que tanto lo han criticado, es una de las cosas que lo hicieron tan brillante. Entiendo que ahora vivimos en tiempos turbulentos, sospechosistas y un tanto aterradores. Por eso, con más razón, agradezco al menos tener un buen recuerdo de mi infancia que pueda compartir con millones de seres, aunque se sienta tan personal. Gracias, Chespirito.

susana.moscatel@milenio.com