Estado fallido

Adiós a un compañero

Les quiero contar una historia de pasión, aprendizaje y amor. Es una historia real, y tristemente el pasado lunes por la noche llegó a su final. Es el relato de un hombre a quienes, si ustedes nos visitan en estas páginas seguido, llevan varios años leyendo y disfrutando de su trabajo. Estoy hablando de nuestro compañero Salvador Velázquez, quien falleció a principios de esta semana debido a varias complicaciones médicas.

Escribo esto sin haber salido del estado de shock todavía. Salvador era coeditor de esta sección desde hace casi seis años cuando, bajo la tutela e impulso de Rafael Ocampo, todo el impulso de Carlos Marín y Ciro Gómez Leyva y, por supuesto, de la familia González, inició una nueva etapa de ¡hey!, la sección de espectáculos de MILENIO diario.

Salvador se había formado como reportero y fue coeditor en varios medios, más recientemente en el periódico Reforma, de donde había heredado un rigor muy específico y muy sorprendente para los que veníamos de otras escuelas de trabajo. De pronto nos encontramos él, Adriana Jiménez, quien era la única veterana de este medio en la sección, y una servidora. Nos quedamos viendo los tres en una mesita pequeña. Nos estudiamos. Nos habíamos visto antes, cubriendo algún evento, sí. Pero nunca de cerca. Nunca como aliados. Todo había cambiado. Teníamos que hacer funcionar esto con un grupo de jóvenes reporteros que, en su mayoría, tampoco conocíamos. Y teníamos la consigna de ir hacía el futuro (el presente, ahora) de hacer que este trabajo fuera multimedia.

La diferencia entre nuestras personalidades siempre fue como para una serie cómica (humor negro a veces) y al principio, sin la menor duda, todos pusimos de nuestra parte para que los tiempos fueran interesantes. Difíciles en muchas ocasiones. De risa loca, en otras. Muchas veces se bromeaba que algunos de nosotros necesitábamos ir a terapia de pareja. Tal vez rotativa. Pero algo nunca cambió, el absoluto y completo compromiso y amor de Salvador por lo que hacía. No importa qué más pasara, eso fue la constante hasta sus últimos días. Hasta hace apenas dos semanas, cuando tanto Adriana como Rafael y una servidora le exigimos que se fuera a casa hasta que se sintiera mejor. Decía que sí. No lo hacía. No quería quedar mal con nadie. Quería trabajar porque amaba su trabajo.

Salvador también fue un buen maestro. Tenía sus muy particulares modos y después de un rato él mismo fue el primero en aprender a reírse de ellos. Pero después de seis años puedo decirles que hay un grupo importante de reporteros y editores de espectáculos que ya están en el mundo trabajando (aquí y afuera) y que aprendieron, sin darse cuenta, de él mucho de lo que saben.

¿Por qué les cuento esto? Porque nuestra fuente finalmente se trata de inspiración, de arte, de creación, de entretenimiento. Me acuerdo la emoción de Salvador cada vez que aparecía un video de Family Guy o alguna canción de Jamiroquai.  Era contagiosa. No había bolsa de papas que estuviera a salvo con él cerca o pastel de cumpleaños que no finiquitara. Así se devoró la vida. Ese fue nuestro compañero, que por años trabajó para que a usted le llegara ¡hey! sin importarle a qué hora él saliera de MILENIO. Terco, original, complejo y, sin la menor duda, un hombre que nos marcó para siempre. De él es de quien todo este equipo se despide hoy. ¿Y saben cómo lo hacemos? Trabajando. En su honor.

susana.moscatel@milenio.com

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