Articulista invitado

Los críticos miran con escepticismo las reformas en China

La organización Chinese Human Rights Defenders (CHRD) alerta de que las autoridades han creado un sistema de “cárceles en la sombra” en el que hacen desaparecer a los activistas.

China anunció el pasado 28 de diciembre con bombo y platillo la abolición de los campos de trabajo y la flexibilización de la política del hijo único. Pero los críticos son muy cautelosos: el régimen tiene otras formas de reprimir a los opositores y pocos podrán tener efectivamente un segundo niño debido a lo caro que es mantenerlo.

Tang Hui llora. Durante años, esta madre luchó en su país por unas penas más duras contra los violadores de su hija. Pero las autoridades no metieron entre rejas a los responsables, sino a Tang Hui, que fue encerrada en uno de los tristemente célebres campos de reeducación.

Pese a todo, no abandonó su lucha y siguió enfrentándose, esta vez al campo de trabajo y a los policías que la llevaron allí. Al final de la emisión del programa de la televisión estatal, la mujer derrama gruesas lágrimas de felicidad al enterarse de que el gobierno desmantela oficialmente el sistema de los campos de castigo.

De pronto, en toda China hay acuerdo en torno al hecho de que “la reeducación a través de trabajo” (laojiao) es algo malo y que es bueno acabar por fin con toda la red de centros a lo largo y ancho del país.

La televisión estatal emitió programas especiales sobre la decisión tomada por el Comité Permanente del Congreso del Pueblo. Wang Gongyi, del Ministerio de Justicia, atacó el viejo sistema: “No es bueno para la protección de los derechos humanos que se pueda privar a los ciudadanos de sus libertades personales sin una orden judicial”.

Según los datos del Ministerio de Justicia, a principios de 2013 quedaban en toda China 260 campos de trabajo con 160 mil internos. Los medios estatales afirman que la mayoría está vacía o ha sido transformada en centros de otro tipo.

Los campos fueron creados a finales de los años 50 como la versión china de los gulags de la Unión Soviética. La policía podía hacer desaparecer en estos campos durante cuatro años a delincuentes menores o a disidentes incluso por delitos poco importantes. No hacía falta que interviniera un juez y se consideraba imposible apelar la medida.

Pero los defensores de los derechos humanos no ven motivos para celebrar. La organización Chinese Human Rights Defenders (CHRD) alerta de que las autoridades han creado un sistema de “cárceles en la sombra” en el que hacen desaparecer a los activistas u otros peticionarios que les molestan.

La abolición de los campos de trabajo es un paso en la dirección correcta, señala Corinna-Barbara Francis, de Amnistía Internacional (AI). Pero teme que no se trate más que de un cambio “cosmético”. Los campos de trabajo pasan a llamarse centros de rehabilitación para drogodependientes, pero siguen funcionando bajo los mismos principios, señala.

De hecho, los administradores de algunos campos no ocultan su intención de seguir cumpliendo con sus tareas de la misma forma que antes. Un empleado del Centro de Rehabilitación de Tiantanghe, que acaba de ser rebautizado, señaló a los medios estatales: “Ofrecemos apoyo físico y mental a personas que quieren escapar de sus problemas con las drogas”.

Los empleados de la institución recibieron un curso acelerado sobre la forma en que deben tratar a los drogadictos. Ahora solo resta cambiar los carteles a la entrada de la institución y todo seguirá más o menos igual.

Con el mismo escepticismo choca la nueva política de flexibilización de la política de un solo hijo. Muchos expertos pedían un cambio en las leyes desde hace mucho, pero los defensores de los derechos humanos exigían abolir el sistema por completo. “Hubiese sido un gran avance que el gobierno chino hubiese abandonado por completo el control de la natalidad”, señala en un comunicado Brad Adams, de Human Rights Watch.

La flexibilización no provocará en ningún caso un babyboom en el país de mil 300 millones de habitantes, coinciden los expertos. “Las visiones de la gente cambiaron mucho con el desarrollo económico y social en China: muchos solamente quieren un niño”, señala Liang Zhongtang, de la Academia de Ciencias Sociales de Shanghái.

Aunque Liang estima que el número de niños podría aumentar la población en unos diez millones, es un hecho que muchas parejas temen no tener suficiente dinero como para mantener a un segundo niño.