Revisando Cannes

‘Las hijas de Abril’

Regresa al festival de Cannes el director mexicano Michel Franco, y lo hace en la sección “Una cierta mirada” de donde ya salió triunfador con Después de Lucia. Ahora presenta Las hijas de Abril.

Puerto Vallarta, en una casa junto al mar viven las medias hermanas Clara no mayor de 20 años (Joanna Larequi), quien lleva el rol de madura o “responsable”; y la menor Valeria (Ana Valeria Becerril), de 17 años embarazada de siete meses de su bueno para nada, pero bien intencionado novio Mateo (Enrique Arrizon).

A punto de dar a luz Valeria y viendo las presiones económicas de la casa, Clara decide hablarle a escondidas a la madre de ambas, Abril (Emma Suárez).

En principio de cuentas Abril llega con toda la maternidad a flor de piel y se da cuenta de que los padres del novio lo han sacado de su casa para dejar a los tres jóvenes solos en la casa de playa.

En ese momento, la transformación de Abril comienza y es donde Franco le da rienda suelta a sus personajes dejándolos hacer cosas sutiles, pero dañinas, que es casi imperceptible cuando los demonios se sueltan.

Michel en Las hijas de Abril vuelve a dejar temas en la mesa como la maternidad en las parejas jóvenes, la visión que tienen de sus cuerpos, la falta de apoyo de los adultos, la inocencia del amor y también, las consecuencias del egoísmo.

Las actuaciones destacables (principalmente Ana Valeria Becerril). El guión arranca planteándose muy bien, aunque Franco, al parecer decide ocuparse más por el cierre de la película que por el destino de algunos personajes, dejando cabos sueltos o simplemente olvidándolos en el camino.

Sin embargo, su forma de filmar sin filtros y su montaje sin música de apoyo, toma de la mano al espectador y no lo suelta.

La película en general funciona y me gusta.

Nos va llevando y dejando más preguntas que respuestas (una apuesta peligrosa de Michel); y en la búsqueda de ellas, nos perdemos en un camino con personajes femeninos tan reales y trastornados, que como espectadores no nos queda otra más que verlos hasta donde son capaces de caer.

Al final, lo que se agradece es salir de la sala y que la película se vaya a la mesa de una buena conversación con un café.