Último Round

¡Qué viva la poesía!

Por amor, esa fue la respuesta. La repetía y la repetía, que se había casado por amor decía. Tenía solo 15 años.


Un día, huyó de su casa en el Distrito Federal para ir a la Comarca Lagunera, donde lo esperaba su Dulcinea, una chica de 16. Fueron tantos intentos que los papás de ambos tuvieron que rendirse, firmar el acta que oficializaba el matrimonio de sus niños.


Pero las cosas no ocurrieron como lo esperado. Nunca ocurren así pero él no lo suponía. A los 15 años, como a cualquier edad, se suponen algunas cosas pero otras no.


Por las noches lloraba, le hablaba por teléfono a su mamá, buscaba el consejo de algunos profesores. A los 15 años, como a cualquier edad, es difícil llevar a la casa algo para comer.


En el salón de clase, sus compañeros le decían Papá, porque, a pesar de que la paternidad no lo había sorprendido, era el único estudiante de primer semestre que estaba casado. Ahí lo conocí.


Ahí me enteré que, precisamente, su principal miedo era embarazar a su joven mujer. Temía que el apodo que sus compañeros le habían puesto dejara de ser solo un mote.


Ahí, en la misma escuela, conocí a José Luis. Durante la infancia, vivió con sus cuatro hermanos y su abuela en la colonia Polvorera, uno de las zonas más marginadas de Torreón, Coahuila. Su mamá era sirvienta. Su abuelo trabajaba elaborando y vendiendo canastas. Eran humildes, dice.
Pero un día, conoció a Adela Ayala.


Tengo un poema que te puede servir, le dijo la poeta. Dio en el clavo: “¡Levántate! ¡Sacude la indolencia! / ¡Ilústrate! ¡Prepárate! / No vayan a crecerte cadenas en las manos / que te impidan erguirte / al llegar a ser hombre / y te quedes ahí fosilizado”.


El poema ha acompañado a José Luis durante más de 40 años.


Concluyó dos licenciaturas. Da clases en la misma preparatoria donde estudia aquel chico que se casó a los 15, ese que, cuando escuchó en clase un poema de Pablo Neruda, tomó una decisión que le cambiaría la vida.


“Desde el fondo de ti, y arrodillado, / un niño triste como yo, nos mira. / Por esa vida que arderá en sus venas / tendrían que amarrarse nuestras vidas. / Por esas manos, hijas de tus manos, / tendrían que matar las manos mías. / Por sus ojos abiertos en la tierra / veré en los tuyos lágrimas un día. / Yo no lo quiero, Amada. / Para que nada nos amarre / que no nos una nada”.


Antonio, que así se llama, regresó a su casa, a vivir la vida de un muchacho de su edad.
Dicho esto ¡que viva la poesía!


twitter: @Sergomezv