Último Round

Esa no viene en el examen, profe

Después de clases, uno de tus alumnos te pide aventón a su casa. Le dices que sí porque no es de dios este sol enojado. Por eso y porque según el chavo es aquí, cerquita.La buena obra de esta tarde de treinta y tantos grados te lleva a una de las colonias más peligrosas de la ciudad.

De por sí, la escuela está bajo las faldas de un cerro de mala fama, una lomita que tiene tantas casas amontonadas como espinillas en la cara de tu alumno.

Eso ya es un decir. Como es un decir que va uno de Guatemala a Guatepeor. De la colonia tal a tal colonia. Cincuenta cuadras después, el muchacho te dice que ahí mero, que ahí vive, que muchas gracias. Entonces, ya sin guía, perdido entre los ojos atentos de quienes cuidan los accesos a la colonia, te acuerdas que esa no viene en el examen.      

Otra que tampoco viene: sabes que dos chavitos andan mal. Ya te habían avisado al inicio del semestre y ellos mismos te lo dijeron a calzón quitado: se meten clonazepam, piedra, solventes y -cuando le quieren dar tranqui- cheve y mota.

Entre sus cuates, hay rateros, un sicario, algunos halcones y raza que no le interesa nada de eso.A la fregada el programa. Uno tiene qué hacer algo más. Algo verdaderamente útil; no esa jalada del sistema por competencias.El problema es conseguir el proyector y las bocinas.

Te acuerdas que una maestra tiene guardado el único proyector de la escuela que funciona. Se lo pides y vas a tu casa por el equipo de sonido. Con cartón, tapan las ventanas y así queda inaugurado el cineclub.

Les encanta Ciudad de Dios, esa película brasileña que cuenta la vida en las favelas. Estabas seguro que se les quedaría grabada porque sabes que  México tiene sus favelas y que sus habitantes son estos jóvenes que tienes enfrente, sobre los pupitres desvencijados.

Otra de las que no vienen en el examen: es muy noche; el supermercado está por cerrar. Urge llegar a casa para cenarse estas donas suavecitas con cubierta de chocolate.

Pero antes, un empacador meterá la mercancía a las bolsas de plástico y a cambio te pedirá unas monedas. En esta ocasión, la casualidad quiso jugar a poner a uno de tus alumnos al final de la caja.Hay que recompensar a este muchacho por aguantar al profe que pone gorro en la escuela y en la chamba.

¿Cuántas monedas y palabras de aliento sobre lo ejemplar que resulta su trabajo debe desembolsar uno en estos casos?.. Esa no viene en ningún examen, en ninguna evaluación magisterial.En realidad, no hay instrumentos que puedan calificar con justicia el trabajo que miles de maestros realizan a diario.


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