Último Round

Mi primera riña en un bar. Cosita

Las versiones cambian según quién cuente la historia. Mi versión, que a mí nadie me va a contar porque yo estuve ahí en primera fila, va así: le tiré un mejillazo en los nudillos. Sí, en una estrategia vista pocas veces en materia de artes marciales, el costado siniestro de mi rostro encontró de manera certera su puño diestro. O el izquierdo. O a lo mejor fue al revés. O todo lo contrario. Ve tú a saber. El caso es que la botella de cerveza fue al suelo para hacerse pedacitos y un montón de escándalo. Crash.


Juraría que el grupo detuvo su finísima interpretación de la pieza cumbre del laureado Daddy Yankee, La Gasolina. Pero eso pasa solo en las series gringas.


Lo que sí, no me dejarán mentir, es que la atención de los parroquianos de El Cubanito, un antro regiomontano donde la gente baila salsa, bachata y eso que le dicen reguetón, se clavó en la manera magistral que tengo de estrellar la mandíbula en los puños de mis adversarios. Tómala.


En ese momento de gloria en el que logré protagonizar una riña en un bar, mi primera riña en un bar, con la impaciencia de todos por ver el siguiente de mis movimientos, recordé mis clases de catecismo. Cosita.


No recordé aquellas lecciones sobre no desear a la mujer del prójimo, no. Esas no porque resulta que la mujer con la que bailé La Gasolina ni siquiera era la mujer del prójimo al que agredí con mi rostro. Mi prójimo estaba molesto por otros asuntos que, por cuestiones etílicas, no me pudo explicar. Fgkjfgk.


Las clases de catecismo que sí recordé fueron esas en las que quedó inscrito en mi alma bondadosa aquel consejo cristiano: “al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra: al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos”.


La otra, me pregunté cuando vi cómo, en cámara phantom, la cerveza salpicaba mis zapatos café de imitación gamuza.
La otra, Sergio, dale con la otra mejilla. Al cabo tienes dos.


Al final, me valió gorro que se pusiera triste el Niño Dios. Con la cara no, me dije firmemente. Con la cara no que de eso vivo. Así déjalo. Me conmiseré de los nudillos de aquel triste hombre.


Ahora en que me ha dado por recordar esta historia, pienso en los mexicanos. Cuánto nos tardaremos en entender que no funciona eso de poner la otra mejilla.


@sergomezv