Último Round

Los peligrosísimos maestros oaxaqueños

La escuela nos vuelve dóciles: hacer tarea, guardar silencio, vestir uniforme, levantar la mano, no salirse de la fila, esperar el timbre, sentarse cuando digan siéntense, comer hasta recreo, no colorear fuera de la raya, traer cabello cortito, aguantarse las ganas de ir al baño, no correr en los pasillos, no gritar...

De nuestra disposición para seguir estas indicaciones, depende nuestro engañoso éxito académico. Y es que la obediencia resulta fundamental en la escuela. Incluso, es más valorada que el talento: el obediente es premiado con una estrellita en la frente, un sellito en el cuaderno o un diez en la boleta. Un alumno obediente, sin importar que tenga cierto déficit intelectual, tiene más posibilidades de pasar año que un estudiante desordenado, a pesar de que este sea un genio.

Al final de cuentas, el alumno desordenado, el que no obedece, es un disidente y el mundo es mucho más difícil para los disidentes, esa es una de las grandes verdades que nos enseña la escuela.

Hay quien dice que los centros educativos están lejos de preparar a los niños y jóvenes para el mundo laboral. Están equivocados. La escuela es uno de los mejores entrenamientos para enfrentar un sistema lleno de imposiciones. La educación institucional nos prepara para ser dóciles: justo lo que requerimos para pagar impuestos, ir a votar, soportar ocho horas en un trabajo que no nos gusta, obedecer al patrón, guardar silencio, vestir uniforme, comer solamente en el descanso, esperar el timbre…

En el objetivo de que la escuela convierta a los niños y jóvenes en personas dóciles, el maestro es pieza angular.

Contribuye con la tarea de exigir obediencia a los estudiantes pero además contribuye con su ejemplo.

Como cualquier otro empleado, el profesor intenta acatar las reglas que le imponen sus patrones, ya sea las secretarías de Educación o los dueños de los colegios; el maestro cumple con un horario, un plan de estudios, algunas normas de comportamiento, sube calificaciones, llega a tiempo…

El docente, muchas veces de manera inconsciente, es el ejemplo en el aula de la mansedumbre.

Hasta aquí, parece que el esquema funciona con normalidad. En cambio, cuando el maestro, en lugar de ser dócil, toma la calle para manifestarse contra las autoridades, sus alumnos pueden aprender el camino de la disidencia. Eso resulta peligrosísimo para el Sistema. 

Por eso, los maestros oaxaqueños son tan peligrosos.


Sergio Gómez/ @sergomezv