Último Round

Desde el décimo quinto

Desde el décimo quinto piso los espío. Ella abandona las caricias para echar un vistazo al otro lado de la piscina. Nadie los ve. Eso cree. Y él le cree cuando ella se deja caer despreocupada, de nueva cuenta, sobre el camastro. Un camastro para los dos cuerpos. Uno solo porque tarde o temprano, ambos, tendrán un solo cuerpo.

Él le besa el cuello, justo atrás de la oreja mientras su mano derecha escala hasta el pecho de ella. El bikini blanco es un obstáculo.

Ella pasa su pierna izquierda en medio de las de él. Le acaricia el abdomen descubierto. El short es otro obstáculo.

El sol enciende aun más la hoguera Sus pelvis se buscan. Sus labios se encuentran. Se anudan.


Vuelven a asomarse. Vuelven a pensar que nadie los ve. Vuelven a lo suyo.


Y yo los sigo espiando desde el décimo quinto piso. Tengo la nikon a la mano pero el asunto es de tres, ellos y yo. Una fotografía truncaría este triángulo íntimo que dibujo como un isósceles. Luego pienso que al menos 29 habitaciones de este hotel tienen una vista similar, que quizá haya más mirones, que de íntimo nada, que de triángulo menos, que todos somos observados.


Curioso, hay un edificio enfrente. Quizá alguien me está espiando. Quizá ella. Qué tal si su rostro no está mirando hacia el cielo. Y si es a mí a quien observa. Hacia dónde va su mirada.


De pronto, recuerdo la sospecha que me causa el monitor de la computadora portátil, con su cámara integrada, siempre expectante. Siempre.


Lo mismo ocurre con este teléfono celular y su ojo pequeñito sobre la pantalla, ese que jamás parpadea ni cuando el aparato está apagado.


Del pasado emerge una voz grave, un personaje de la televisión de antaño, la voz de los sesenta y cuatro mil que dice Un mundo nos vigila.


Cuando la mente aterriza de nueva cuenta en la piscina, observo que la pareja ha decidido echarse una toalla encima, como si el movimiento no los delatara.


Algo me preocupa. Como si de pronto hubiera pasado de ser un personaje de Alfred Hitchcock a uno de George Orwell. Todos somos voyeurs. Todos somos espiados.


En algún momento el camastro queda solo. Como yo.


Han pasado tres días. Yo sigo aquí en el décimo quinto piso. Mientras le doy golpecitos con la yema de los dedos al teclado de la computadora portátil, imagino que entre la pantalla y la camarita hay una sonrisa perversa.


Desde acá, y de noche, la ciudad parece un cielo lleno de constelaciones inquietas, dispuestas a ser nombradas.


@sergomezv