Último Round

Como una aguja en el testículo

El procedimiento es sencillo: la jeringa vacía atraviesa el escroto, con cuidado ya que cualquier roce de la aguja con el cordón testicular produce un enorme dolor en el paciente. Una vez adentro, se debe jalar el émbolo para succionar el líquido. Cuando el cilindro está lleno, es decir, cuando el émbolo llega a tope, se extrae la jeringa y se vacía.


Estos pasos se repiten cuantas veces sea necesario: volver a meter la aguja, volver a jalar el émbolo, volver a sacar la jeringa, así, hasta que sea extraído todo el líquido de esa bolsa de piel conocida como escroto. El procedimiento, llamado en el argot médico como infiltrar, puede llevarse a cabo con o sin anestesia.


Les cuento esto ahora que me infiltran el testículo derecho sin anestesia: recostado en la cama del hospital, desnudo de cintura para abajo, con la mirada fija en la punta de la aguja, me preparo para la tortura.


Uno tiene que aguantarse. Cerrar los ojitos. Hacer que las muelas rechinen. Esperar a que la aguja pique. Que se hunda. Que retuerza el cordón testicular. Que succione. Que salga. Uno tiene que aguantarse. Uno tiene que aguantarse. Uno tiene que aguantarse.


Te hubieras aguantado, me dije 15 años atrás. Con la aguja clavada, la mente huye a aquel día en el que me mandan por enésima vez a la oficina del Hermano Carlos, coordinador de primaria, religioso fanático de la disciplina. También está la mamá de Víctor. Molesta. Su hijo pudo haber perdido un testículo por mi culpa.


Pero es que él me empujo primero, fue mi excusa inútil. En una cascarita de fut, durante recreo, le había metido una patada que dio de lleno en los huevos, que así les decíamos todos en primaria, los huevos. Lancé un búmeran.


Y sí, Víctor me había empujado pero la verdad, y yo estaba consciente de ello, lo de la patada fue una exageración. Uno tiene que aguantarse. Uno tiene que aguantarse. Uno tiene que aguantarse.


Como ahora, de vuelta acá, mientras una aguja hace que recuerde escenas de mi infancia mientras pido perdón al dios del que tanto me habló el Hermano Carlos. Perdón, Dios, por haber pateado a Víctor en primaria. Sabía que el búmeran venía de regreso. Lo que desconocía es que tardaría tantos años.


Yo sigo suplicando mientras un estudiante de Medicina escucha los chistes del doctor. Hunde la aguja hasta dentro del fondo de mi alma. Sí, del alma, porque ahí está, en los huevos, por eso duele tanto.


Entonces, recuerdo aquella frase que los ciberrevolucionarios de Facebook y twitter tanto usan: Me dueles, México. Y ya soy uno de ellos: sufro de un inmenso dolor pero no hago nada, salvo publicarlo.


@sergomezv