Último Round

No

Fue la primera vez que vi a dos personas teniendo sexo. Ella, con la falda escolar levantada acorralada entre pared de una casa y aquel muchacho. Él, con el pantalón del uniforme abajo, donde no estorbara.Era sexo real. Tan diferente del que había aprendido en clase un año atrás, antes de salir de primaria. Hasta entonces, el coito –así le llamaban en los libros de texto- era un acto frío, demasiado higiénico, casi robótico, de monografía para recortar.Como marco de la escena sexual había un mundo diferente al mío, al del catecismo y su hacer el amor después del matrimonio. Jamás en la banqueta, con el sol encendido. Jamás. Era ese otro mundo. Más caótico.Habíamos decidido andar por las vías del tren, nomás por hacer algo diferente en los largos días de vacaciones. Dos amigos y yo seguimos los anchos rieles oxidados. Llegamos ahí, a una colonia con casas más despintadas que la mía. Yo, que pensaba conocer bien la pobreza; faltaba que los rieles me llevaran lejos de casa.Ese día, dejé de ser pobre, yo que siempre me sentí como tal entre los parientes, entre los vecinos, entre los compañeros del colegio. Luego entendí que la pobreza no era eso de heredar el suéter de tu hermano mayor sino otra cosa más grave. Para comprenderlo, tuve que ir más allá de las vías del tren, donde fuimos expulsados a pedradas, de ese otro mundo.En la huida, íbamos tropezando con las piedras del camino y con aquellas que nos lanzaba un grupo de niños de nuestra edad.Años más tarde, llegaron noticias de allá: el mayor número de muertos en la guerra del narco lo ponía el oriente de Gómez Palacio, Durango y el poniente de Torreón, Coahuila, donde por primera vez vi a dos personas teniendo sexo.Crecimos. Los niños que nos corrieron a pedradas también crecieron pero ellos en ese otro mundo, donde la violencia se había incubado.Los proyectiles dejaron de ser piedras. Tomaron la forma de balas de grueso calibre.El tiempo, infalible, se encargaría de explicarme las cosas. En un lado de las vías, de mi lado, me topé casi siempre con un “Sí”. Entrar a prepa, ir a la universidad, encontrar trabajo. En cambio, allá, en ese otro mundo, “No” era la palabra más común: No hay leche, bebé. No alcanzo para comprarte el uniforme, mijo. No hay lugar para usted en la preparatoria, muchacho. No hay vacantes, joven.En esos casos, solo queda devolverle el “No” al Sistema y de pasada, a esos que estamos al otro lado de las vías del tren.Cómo quejarnos si algo tenemos de culpa. Pero también, algo podemos hacer. No digan que no.Sergio Gómez