Último Round

Saramago

Paró de llover pero los techos aun escupen agua. A lo lejos, alguien barre. Desde aquí, se escucha la escoba que besa de manera violenta el suelo y los truenos y la súplica de Saramago para que abra la puerta. Un pájaro hace cuac cuac cuac y me pregunto cuál es la onomatopeya de una escoba que besa con violencia el suelo, el suelo que se cruza de brazos a pesar de la escoba insistente. También, me pregunto si debería dejar pasar a Saramago.           

Hace rato, se instaló en la cama. Recuerdo eso mientras el campanario de la iglesia anuncia no sé qué con quién sabe cuántas campanadas. Ahí es cuando otra pregunta hace fila en la cabeza, a quién se le ocurrió que la onomatopeya de las campanas es ding dong. A mí me suena más como tan tan tan. Pero te decía que Saramago se acomodó entre las almohadas, así, como si nada, como si llevara sus nueve vidas en este sitio. Lo saqué porque hasta a mí me costó aclimatarme a este lugar como para que venga un gato y me diga que así debe uno andar en los departamentos nuevos.           

Vuelven las súplicas miau miau miau y no sé si debo dejar pasar a Saramago. Vuelven a hacer ding dong las campanas de la iglesia y los maullidos están a punto de convencerme. Apenas ayer hizo miau en la entrada de la tienda y le abrí. Estaba flaco y gris como la enorme rata moribunda que una noche me topé en la entrada del metro. Todavía está flaco hoy a pesar de la lata de atún y a pesar de la comida vegetariana que se come con mucho menos ganas.

Esta tarde llueve y pienso que fue buena esa idea de bautizarlo como Saramago. Saramago, el gato. Saramago como el escritor. Saramago maullando en la puerta porque no quiere mojarse.

Entonces, Víctor llama para preguntarme si ahí sigue el gato. Pero el gato ya no es El Gato sino Saramago. Me dan ganas de decírselo, de recordarle que él, mi roomie, fue el que dijo Saramago cuando yo propuse ponerle el nombre de un literato. Pero en vez de eso le digo que sí, que está maullando en la puerta y, en cuanto cuelgo, vuelvo a la encrucijada de dejar que pase o no el gato, perdón, Saramago.

La escoba sigue besando el piso y el cielo terminó el concierto de truenos. Decido abrirle. Estira su cuerpecillo y, desde la terraza, corre de nueva cuenta hacia la cama.

Aquí está echado. Ronrronea. Es un recordatorio de la bondad del Hombre, de la solidaridad que tenemos hacia los más débiles. Así como Saramago, el literato, este Saramago me recuerda que todavía podemos confiar en La Humanidad, en nosotros mismos.


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