Obsesión: muerte del político

Lo difícil de avanzar en un proyecto de vida, es no saber hacia dónde se dirige uno, el por qué e incluso para que? Todos los políticos articulan su obsesión como único proyecto para avanzar en su carrera política, aunque se encuentran en un estado de hibernación que no se puede ver; en ese término filosófico, la vida no se aniquila, es un proceso que se compone de una serie de condiciones que se dan paulatinamente y no simultáneamente.

Esa forma de ver la vida, genera un debate sobre lo que ocurre ampliamente y admite más preguntas que respuestas. La evidencia que tienen los políticos hasta ahora, es que la vida continúa funcionando y sus poderes inmortales sustituyen la fórmula de la insurgencia; la ruta de la ambición política es desafortunada en ellos, por no alcanzar a ver su realidad y puede que no sea muy ilustrativo tratar de extrapolar lo que han sido los tiempos de poder; ciertamente la incertidumbre a despejar pasa de su muestra política, es decir: después de una derrota o fracaso en su carrera, interpretación del político no marca los procesos de su trayectoria; sin embargo, siguen atados a su obsesión, especialmente en los sectores que manejaban.

Por lo anterior, la legitimidad de origen, basada en el ejercicio de la representación e interpretación del político se mella, deteriora o incluso desaparece para siempre y existe la posibilidad de que los seguidores, basados en los procesos del pasado y legado a su trayectoria o éxitos en su carrera política, no reconozcan la virtud de su vida política.

Lógicamente el complemento de esta ecuación laboral político será lo que pase con los seguidores y no es nada fácil en cualquier caso, la incertidumbre se dispone pronto en vez que se aleje del poder, lo que tardará un poco más en esclarecer los resultados.

Una gran falla del desarrollo de la política, es estar al margen de la lucha social; es incalculable todo lo que se ha escrito, hablado y realizado en torno al proyecto de vida de los políticos, pues puedo afirmar que aún encontramos lejos de estar conscientes de la aceptación de la nueva cultura política, que es un fenómeno universal a esto.

No aceptan la negativa interpretación al de diversas instancias científicas de sociología; particularmente la conciencia de los políticos  se muere durante su vida pública activa y resurge posteriormente, por ello, los reclamos sociales en la política no han cesado ni han avanzado en la consecución de los conocimientos en los derechos de las masas, e incluso no se reconocen el alto significado de las determinaciones individuales de la conciencia que influyen en la dinámica social y política.

Desde luego, existen políticos que reconocen la racionalidad de los resultados; entregados a su fe, construyen gustosamente el puente entre la conciencia y la vida para aceptar el final de la obsesión del poder, pertenece a otros tiempos, no refleja nada de la cultura mexicana y es desprovista de buenas intenciones en sus argumentos. Y es que la obsesión, no debería ser elemento importante como lo es actualmente en la vida de los políticos.

La obsesión marea, crea una adicción de poder, se ejerce dentro un círculo vicioso fuera de la realidad social, económica y política. Hace ver alcances de metas que sin ella sería imposible, como prestigió, riqueza, influencia, sentirse poderosos, intocables hasta invencibles. Es la lucha por el poder contra su propia persona, es tanta la obsesión que le lleva al fracaso a cualquier proyecto de vida, ya no distinguen la geometría política, ni color, ni ideología, sólo conquistan el poder, utilizando la llamada democracia para no ejercer los periodos establecidos en la ley que pueden estar en su proyecto.

Ante este escenario, la incertidumbre social descubre el por qué el político mexicano cambia su ideología, así como el partido político cada vez que su ambición de poder lo necesita, de manera que le lleva a la muerte de su proyecto de vida política, por lo que para la sociedad, el día de los muertos, es “día de los políticos”, por tener muerta la conciencia en el tiempo que ejerce el poder, aunado a la obsesión del mismo, que siempre le llevará a la muerte política.