Sara S. Pozos Bravo

El voto femenino

Ya pasaron seis décadas. Como siempre, el voto para la mujer en México llegó mucho después que en otros países. Vamos a “la cola”, siempre. El rezago, hasta en el reconocimiento de los derechos, es claro en México. Pero qué hemos alcanzado las mujeres con el voto femenino después de seis décadas. En realidad, muy poco. Al día de hoy, no hay una sola mujer que gobierne alguna entidad federativa. Las alcaldesas son las menos en los más de dos mil municipios que hay en el país. Los gabinetes estatales y municipales están repletos de caballeros y pocas, muy pocas, mujeres se ven en esos niveles.

Las mujeres son las que inclinan la balanza para tal o cual candidato. Son las que los eligen. Son las que participan en campañas. Son las que ganan las elecciones. Pero al mismo tiempo, son las que se conforman con lo menos. Políticamente, son altamente redituables. A la hora del pago de compromisos, casi siempre son las últimas en la lista de estos. En el Senado y en la Cámara de Diputados, aunque se ha eliminado la posibilidad de la existencia de más “juanitas”, las diputadas y senadoras, normalmente, no figuran en la agenda política del país. Su voto legitima, muchas veces, la ilegalidad de las cosas.

Pero aunque los logros parecen ínfimos comparados con los costos de inversión que hubo de hacerse, los hay. Que el Instituto Federal Electoral haya lanzado en estos días la convocatoria exclusiva para que mujeres participen en el concurso público es algo que hace sesenta años ni siquiera se hubiera considerado. Por eso hay que aplaudirlo y festejarlo. Por eso hay que insistir en cambiar las cosas en este país, comenzando por nosotras mismas. Por eso hay que insistir en que la lucha es conjunta, es necesaria y es urgente. No podemos dar macha atrás en este pero tampoco podemos conformarnos con lo logrado hasta hoy.

Porque en una sociedad cada vez más exigente e involucrado en los temas que le son de su interés, la lucha por la igualdad y la inclusión será de las principales, de las que sigan ocupando las agendas pendientes y serán de las que, poco a poco, cambiarán la dinámica de la política en el país, sí y solo sí, las mujeres comenzamos a cambiarnos a nosotras mismas. Aunada a este agenda, la sociedad construye la suya propia para exigir, cada vez más, la garantía y el respeto incuestionable a sus derechos.

El voto femenino debería de haber cambiado la política en México pero, lamentablemente, la ha mantenido en su esencia, en su propósito y en sus vicios. Hay sus excepciones, claro está. Y qué bueno que las hay. Desde su propia trinchera, mujeres intelectuales, escritoras y también políticas, han dejado sus vidas por una causa, por una razón y por una convicción. Ahí está Carmen Aristegui, Denise Dresser, Rosario Ibarra, Elena Poniatowska, Marta Lamas, Alondra de la Parra, María Marván, son solo algunos de los nombres de las mujeres que han escrito nuestra historia política e intelectual a la par de sus convicciones y trabajo.

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