Sara S. Pozos Bravo

Pero se mueve…

Parece que está dormida, inmóvil, detenida. Pero sólo lo parece. La dinámica propia del crecimiento que desde el 6 de abril de 1926 tiene La Luz del Mundo hace que se mueva por sí misma. Uno a uno, día tras día, año tras año, la denominada por algunos sociológicos como “iglesia mexicana” traspasó sus fronteras a principios de la década de los sesenta y, al día de hoy, cuenta a más de 40 países con creyentes en la fe de La Luz del Mundo. El fundamento religioso de esta iglesia se remonta a Jesucristo, cuyo mandamiento habría de ser seguido en el llamamiento al apóstol de Jesucristo, hermano Aarón Joaquín González, en la ciudad de Monterrey, Nuevo León.

Son ochenta y ocho años de tal acontecimiento. Son casi nueve décadas y cada año está más cercano el centenario de ese momento sublime en el que, de acuerdo con la fe de esta iglesia, el Creador establece el instante de la restauración de la iglesia que Jesucristo había fundado miles de años atrás. Estas casi nueve décadas, los apóstoles de la restauración, hermano Aarón Joaquín y hermano Samuel Joaquín Flores, han caminado contra corriente. Han luchado escientemente en diferentes países y ante diferentes públicos.

Su trabajo ha sido cuestionado, descalificado, no entendido y menos respetado. Pero ha dado frutos. Y lo que empezó con la primer creyente, una nada más, se ha convertido en la iglesia que, al oriente de la ciudad de Guadalajara, estableció su sede mundial convocando a miles de creyentes, cada agosto. Es una iglesia que, al contrario de otras, suma más adeptos cada día. Va creciendo y no menguando. Va a alza con adeptos y no a la baja por la deserción religiosa. Sigue traspasando fronteras y apuntando a dar a conocer el mensaje de Jesucristo a todo aquel que quiera escucharlo y aceptarlo, sin coacción de ningún tipo. Al fin y al cabo, toda decisión es voluntaria y no forzada.

Ha trabajado para encontrar la hendidura en el corazón de los creyentes. El trabajo apostólico ha sido eficaz y, en reciprocidad, ha sido valorado con creces de fe y respeto por los creyentes. Es un trabajo que suma y no resta. Es un trabajo que incrementa y mengua. Es un trabajo que requiere tiempo completo, días y noches, años y décadas. Es un trabajo que no se ha detenido y que ha generado identidad religiosa, sentido de pertenencia, orgullo y distinción (no como exclusión) como iglesia.

La Luz del Mundo ha marcado la diferencia, guste o no. No gusta a todos, claro está. Pero no tiene por qué gustar. Es consciente de su misión y de su razón de ser. Sus esfuerzos se encaminan a alcanzar su misión y cumplir sus objetivos. Claro que en el trayecto deja huella y eso molesta a muchos, incomoda a otros y provoca a unos cuantos.

Lo que ha logrado La Luz del Mundo lo ha logrado por su propio trabajo, por su propio esfuerzo, por su sacrificio. No ha sido fácil pero ahí están las evidencias. Por eso, aunque no lo parezca, se mueve y no habrá nada que la detenga a casi nueve décadas de su restauración.

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