Sara S. Pozos Bravo

Los muertos

Los muertos nada saben. De ellos, si acaso, queda su memoria, y ésta sólo trasciende si méritos suficientes se hicieron en vida. Los muertos nada son, ni siquiera los huesos que alguna vez, vertebrados, conjuntaron un cuerpo humano, queda de ellos. Y, entonces, por qué razón la tradición obsoleta, irreal e irracional nos dicta que, ante las tumbas, nos acerquemos para acompañar a los muertos en su camino al más allá, para acercarles comida, bebida y compañía. La respuesta rondaría estas tres aseveraciones: o por conveniencia, o por intereses y, quizá, por tradición.

 

La conveniencia estriba en que resulta más cómodo para las conciencias de los vivos, llevarle una vez al año a los muertos, algún tipo de vianda. Seguramente algunos lo hacen por esta razón, pues resulta que en vida jamás se preocuparon porque ninguno de los aspectos más elementales del ser humano faltara; algo tan sencillo como dar amor, en algunas ocasiones, jamás se otorgó en vida al que ahora bajo la tumba fallece. Por intereses, quizá también sea la respuesta. Porque hay muchos cuyos secretos están mejor guardados con los muertos que con los vivos. Aquí, algunos políticos han de visitar los cementerios en donde, ya lapidados, están todos aquellos cuyo silencio ha significado el olvido de los vivos, la perpetuidad del sistema y, finalmente, la reivindicación de los políticos, sean de derechas, de izquierdas o del centro. O quizá por tradición, por costumbre. Porque alguien de mis antepasados lo hizo, pues, de la misma manera lo haré.

 

Los muertos nada tienen: ni recuerdo, ni presente; ni futuro, ni esperanzas; tampoco intenciones o frustraciones. En todo caso, esos sentimientos y aspiraciones son inherentes a los vivos que, aún les toca padecer las vicisitudes de la vida.

 

Y la pregunta es inevitable: ¿A dónde van los muertos cuando mueren? La respuesta, sin duda alguna, dependerá en gran medida de la cultura y las creencias de los pueblos. En la cultura azteca, la fiesta de muertos está vinculada con el calendario agrícola prehispánico, porque es la única fiesta que se celebraba cuando iniciaba la recolección o cosecha. Es decir, es el primer gran banquete después de la temporada de escasez de los meses anteriores y que se compartía hasta con los muertos. Cuando alguien moría, tenía diversos destinos de acuerdo a distintos factores que podían atender a su propia condición o bien, a las circunstancias en las cuales pereció.

 

Esta tradición ha llegado hasta nuestros días, expropiada bajo los principios del sincretismo religioso que llevó a cabo el catolicismo con la conquista a nuestro país. Emancipada por un pensamiento liberal, la tradición adopta otras formas más conocidas y se mimetiza de tal manera que, de golpe y porrazo, se cuela por los planes de estudio en educación básica. Ahora, en las escuelas, hay que recordar las tradiciones porque sino, se corre el riesgo de no aprobar la materia. Mal el Día de Muertos para alguien que le gusta estar vivo.

 

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