Sara S. Pozos Bravo

La luz del mundo

El 12 de diciembre de 1926 arribaba a las afueras de la ciudad de Guadalajara, el apóstol de Jesucristo, hermano Aarón Joaquín González. Su arribo no fue casual como tampoco lo fue su misión. Obedecía un propósito y atendía un llamado. La decisión de instalarse en la ciudad de Guadalajara para comenzar a predicar su mensaje religioso fue preparada por diversas circunstancias ajenas a él. Ya establecido, aunque sin un lugar para pernoctar, iniciaría una de esas hazañas que no se presentan todos los días.

En 1926, únicamente había una creyente de lo que hoy conocemos como la luz del mundo. Pero la certeza de que algo sucedería como consecuencia de haber obedecido el llamado de Dios en abril de aquel mismo año, era inmoble. Pronto su confianza en Dios vería los primeros frutos y pronto, la luz del mundo comenzaría a conocerse en la Perla Tapatía.

Pero la proyección social, mediática e internacional de la iglesia sólo fue posible por el trabajo que ha realizado el apóstol de Jesucristo, hermano Samuel Joaquín Flores, durante cincuenta años de dirección apostólica. Tanto él como su Iglesia han sido fuertemente criticados, señalados, excluidos, discriminados. No obstante lo anterior, el crecimiento discreto, pero constante, de la iglesia la luz del mundo ha sido evidente. Uno a uno, ahora creyentes y aún ajenos a esta fe, han reconocido la incansable labor del apóstol de Jesucristo.

Con presencia en más de cuarenta países; con más de cinco millones de creyentes en todo el mundo; con una fuerza social que provoca envidias; con un futuro más que prometedor porque fiel –señala la Biblia- es el que hizo la promesa; con una juventud comprometida en su gran mayoría con sus principios religiosos; con obras sociales, educativas y recreativas que promueven el desarrollo personal, profesional, académico y moral de los integrantes de esta Iglesia, la luz del mundo sigue marcando un hito en el mapa religioso del México contemporáneo y de muchos otros países.

Su mensaje religioso es tan válido como su presencia en el país. Convence a estudiosos y a jóvenes, a escépticos y devotos, a mujeres y a hombres. Este mismo mensaje traspasa fronteras y trasciende a los corazones de los hombres. Los convence. Los persuade. No les deja mucha opción y ante el inminente conocimiento de lo místico, les transforma todo su modo de vivir. Eso ha sucedido desde hace 87 años y por eso, apenas antier, la luz del mundo en Guadalajara (en la zona metropolitana) y en muchos otros lugares del país, está de pláceme. Porque, en su fe, han entendido que el convertirse en la sede mundial de iglesia fue una decisión del Creador; porque eso los llena de orgullo, de identidad, de convicción. Se saben diferentes y distintos y esperan ser congruentes entre su forma de pensar y de creer.

La luz del mundo en Guadalajara llegó para quedarse y, de aquí, expandirse al resto de los países, le guste o no a los intolerantes y mentes medievales que aún existen.

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