Sara S. Pozos Bravo

Los libros y el país

La Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) abre hoy sus puertas a miles de lectores, al mundo de las ideas, al mundo de las letras, al mundo del pensamiento crítico, al mundo libre. En espacios como la FIL muchas cosas pueden pasar. Aquí vimos a un presidente inculto y que entonces se veía como lo que hoy es: un hombre incapaz de mover a México. Los más críticos y los libres pensadores lo sabían desde antes pero esa alerta intelectual que en la FIL se presentó fue oculta por Televisa y, ahora, nos encontramos al borde de la dictadura perfecta basada en la desaparición de los poderes y de las policías municipales, como si los gobiernos estatales fueran impenetrables y estuvieran vacunados contra la corrupción.

El problema con lo que sucede en nuestro país es que los políticos escuchan cada vez menos a los intelectuales y a los académicos, a los que piensan. Lo hacen, es decir, dejan de escuchar porque no conviene a sus intereses. Pero esa brecha que se antoja irreconciliable la hacen los gobiernos cuyos políticos son eso y no ciudadanos preocupados por resolver los problemas del país echando mano de los técnicos, de los intelectuales, de los que piensan. Porque si los políticos en lugar de preocuparse por los negocios y la forma de hacerse llegar dinero se preocuparan por dejar de utilizar el recurso público con fines proselitistas, por transparentar sus finanzas personales, por combatir la corrupción y la impunidad, por tener voluntad de cumplir sus promesas de campaña de manera auténtica, el país no estaría al borde de la dictadura.

Por eso, espacios como la FIL, con tantos eventos académicos, con tantas presentaciones de libros, en donde la cultura se impregna por todos lados, deberían de ser un indicador de la cultura o incultura de nuestros gobernantes, no por el número de libros que haya o no leído un político sino por la capacidad de escuchar, asimilar y luego traducir en una política pública o programa de gobierno las propuestas de los que han estudiado de forma menos superficial los problemas del país. Y ese indicador debería, en una sociedad más educada y crítica, ser traducido en una decisión para un voto razonado.

Sin embargo, la realidad en el país es otra: por un lado, la pobreza compra votos; por otro lado, los gobiernos han institucionalizado la pobreza como problema no para resolverlo, sino para justificar la utilización del recurso público en programas sociales que nada más no resuelven nada. Y por otro lado, los trabajos serios, académicos, de investigación que abordan temas sociales, de seguridad pública, de economía, son ignorados por los políticos que han llevado al país al borde del caos social. Todos estos factores se combinan y seguramente dicha combinación traerá como consecuencia lo que ahora vivimos.

Mientras tanto, la ciudadana se burla del 911 propuesto por Peña Nieto, al tiempo que las puertas de la FIL se abren para más de seiscientos mil visitantes, mayormente estudiantes.

 

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