Sara S. Pozos Bravo

No todo lo que iluminan, brilla

Los reflectores se encendieron. Las luces “leds” con cargo al erario público, también. Ah, sí, no olvidar el espectáculo mapping. El pretexto: La promoción turística de los edificios del Centro Histórico de Guadalajara y otros. El motivo real, auténtico, ¿quién lo sabe? Porque es más fácil iluminar lo que de por sí es opaco, que sacar recursos propios para no convertirse en una carga para los contribuyentes. Hay que pedir, pedir y pedir, parece ser la consigna. O tocar la puerta, que al final siempre habrá alguien que la abrirá, aunque para eso tenga que violar algo llamado “Estado laico”. Y dale con esa cosa. ¡Ah, qué terca soy!

Eso llamado “Estado laico” es una característica más de la República Mexicana. Consagrada en la Constitución de la nación, el artículo 40 garantiza que nuestra República es, además de democrática y representativa, laica. La laicidad del Estado mexicano garantiza el respeto irrestricto al principio de igualdad jurídica y de no discriminación, consagrados también en la Constitución. El respecto a la laicidad es una obligación de corresponsabilidad de miras altas y consistencia ética entre el gobierno en todos sus niveles, entre aquellos que atentan con esos principios pretextando libertades pero exigiendo privilegios, y entre los ciudadanos. Si una de las partes falla, las demás no deberían de fallar.

Aquellos que durante más de 150 años babean por privilegios perdidos, seguirán haciendo lo de siempre: pedir, exigir, amenazar y manipular. Eso está claro. Del gobierno en cualquiera de sus niveles –normalmente- no se espera que sea consiste y menos congruente con las demandas ciudadanas y, mucho menos, con respetar esos principios constitucionales. Eso también está claro. Ni unos ni otros, ni los malquerientes del Estado laico ni las autoridades en cualquiera de sus niveles, hará algo para respetar la separación del Estado con las iglesias. Así que en esta ecuación de tres variables, las dos primeras suman en contra de la democracia, la soberanía, las minorías religiosas y los ciudadanos en general. La tercera variable, los ciudadanos, por más que intenten, nomás no suman. Ni porque somos más. Ni porque se manifiesta claramente la inconformidad. Ni porque hay un montón de demandas sociales que aún no son atendidas y para las que nunca hay dinero.

En las métricas de la ciudadana, los gobiernos entablan monólogos y no diálogos; compromisos sociales y no ciudadanos; acuerdos con los poderes fácticos y no transparentes. Por eso el desinterés, por eso la decepción del ciudadano por la política de cualquier color. Por eso no creen en la palabra sino en los hechos. Por eso castigan con su voto aunque tengan que esperarse tres años.

Los malquerientes del Estado laico están ahí, metidos como la humedad en un montón de lugares. Ahora fueron 12 millones del erario público, antes más de 100 que he documentado, mañana quién sabe cuánto más. Y aún así, nunca será suficiente.

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