Sara S. Pozos Bravo

El derecho a ser “el otro”

En el principio el otro no existía. Y si existía, lo perseguían. Si lo agarraban, se aseguraban que confesara y se convirtiera a la fe mayoritaria –esa que se apoderó del poder imperial tras la muerte de Constantino-. Si lo convencían, se convertía de todo corazón. Cuando salía de la sala de conversión –si salía- llevaba el corazón desgarrado, al igual que los brazos y las piernas porque la Inquisición no se tragaba el cuento que se habían convertido de corazón. Si no los convertían, los mataban. Las Cruzadas se inventaron para acabar con los infieles a cambio de las tierras conquistadas y del perdón de los pecados. Los primeros en sufrirlas fueron los musulmanes y luego los judíos. Después los protestantes y más tarde todo aquel que no creyera en el dios de la fe mayoritaria. No tenían derecho, se decía. No tenían alma, son como animales, también dijeron cuando vinieron a “conquistarnos”. A estos “indios” de acá también los persiguieron y les robaron su oro.

¿Tenemos derecho a creer en otro Dios o a no creer en ninguno? Por supuesto que sí. Este espacio lo he ocupado para defender ese derecho. Claro que pensar diferente y creer diferente no siempre es lo que gusta. Es más, ser diferente o creer en un Dios diferente, hace que nos vean como “raros”. Luego, algunos gobernantes, nos tratan como ciudadanos de segunda o de tercera. Nos ningunean nuestros derechos. También la iniciativa privada contribuye a esta discriminación, prohibiendo que en sus empresas se contraten personas que profesan una fe diferente a la mayoritaria. En esos niveles, encontrar un trabajo se convierte en todo un fenómeno de lucha social. Pero también en los niveles de la cotidianeidad se sufren ciertas cosas de este tipo. No se me olvida, por ejemplo, que alguna vez salí a la “tienda de abarrotes” a comprar algo. El negocio está a menos de 15 metros de mi casa –que no es la suya pero que para guardar las formas así lo diré- y el chico dueño de la tienda tiene poco más de siete años con el negocio. Nos saludamos y platicamos. Somos buenos vecinos. Pero ese día, salí con un short –algo inusual debido a que uso falda larga por convicción religiosa-. El joven, cuando me vio, a punto estuvo de caerse del mostrador en el que se había casi subido, porque no vio la usual falda larga y, en su lugar, veía mis piernas. Pensé que quizá él creía que yo tenía tres piernas, o cuatro, o que eran gordas y no tan delgadas, o que no eran tan largas. Esa actitud me hizo reír hacia mis adentros pero también me incomodó bastante.

Me ha tocado vivir –porque así lo decidí- y ser parte de la otredad. Amo esta forma de ver y vivir la vida, esta forma de creer en un Dios que no se ve, que no se puede tocar. Por supuesto que también es un tema de fe pero ahora me centro en el derecho a creer y en ser respetada por ese derecho porque nada daña más a una sociedad que la intolerancia y la historia de mil quinientos años en Europa es la evidencia más clara de ese daño.

 

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