Sara S. Pozos Bravo

La cultura de la tranza

Permea por donde sea. Va acompañada, por supuesto, por la corrupción. Hasta la sabiduría popular asegura que el que “no tranza, nomás no avanza”. Dicen los enemigos de la patria, aquellos que en venganza por las atrocidades de la conquista alguien bautizó como “quema pies” (en referencia a la acción de Cortés de quemarle los pies al emperador de México), o a los que despectivamente llamamos “el resto del mundo”, que el ser tranza y corrupto está en nuestro ADN. Por supuesto que no lo creía hasta el día de ayer.

Los mexicanos asumimos que todos los políticos son corruptos y todos los funcionarios públicos no hacen sino “tirarse en la hamaca”. Son burócratas, dirían. Pero de ninguna manera se puede generalizar. Sin embargo, los mexicanos somos incapaces de aceptar que para que la cultura de la tranza permanezca y la de corrupción crezca, debe de haber más de un interesado en que se lleve a cabo.

Ayer, en un pequeño municipio de Jalisco, en la zona “Valles”, un grupo de cerca de veinte “nuevos” empresarios asistía a un curso de capacitación. Antes de iniciar el curso, los empresarios que se inscribieron por cuenta y decisión propia para participar en un programa de gobierno hicieron un montón de preguntas que no intentaban responder al cómo deberían cumplir sus compromisos, sino a cómo evadirlos. Un empresario hizo uso de la palabra: “Oiga, yo voy a contratar a tres empleados, pero nomás me comprometí con dar de alta en el IMSS a dos. El otro, ¿no importa, verdad?” “Oiga, con qué sueldo tenemos que registrar al trabajador, ¿con el mínimo aunque le pague más?, “¿no hay problema ni me pasa nada si no lo hago así?”. “Oiga, y después de tenerlos un año con nosotros, ¿luego ya los puedo correr?”. “Oiga, ¿si no declaro los impuestos qué pasa?”.

Y las casi dos horas de reunión versaron sobre los mismos cuestionamientos. Y entonces, no era el funcionario de gobierno el que llegaba hasta ellos para pedirles una “mochada” o “una comisión” por el trabajo. No. Eran los mismos ciudadanos que buscan cómo “fregarse” al gobierno, cómo incumplir con su parte de compromiso, cómo evadir impuestos, cómo quedarse con el dinero público. No es que todos los empresarios sean igual, pero resultó preocupante que justo las preguntas fueran en el sentido antes mencionados.

Alguna vez, en algún otro evento, un conocido me dijo que si los mexicanos –o algunos- eran “tranzas”, era porque el gobierno y todo el tema de los impuestos, eran injustos. La discusión empezó con mi intervención: ¿acaso hay algún impuesto que sea justo?, pregunté. Y si hay un solo impuesto que sea justo, ¿entonces eso justifica la cultura de la tranza?, insistí. ¿Es justificable la cultura de la tranza frente a la existencia de un gobierno corrupto? ¿Y sin la presencia de éste?

Quizá todo tenga que ver con el tema de los principios. Quizá con el tema de la política económica. Quizá con la desigualdad en los salarios, los malos gobiernos y quizá con un montón de cosas más.

 

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