Sara S. Pozos Bravo

El año del desencanto

Ayotzinapa fue el principio. Las mentiras del gobierno provocaron todo lo demás. Ahora, el país entero vive las consecuencias de una estructura política creada para beneficiar a los políticos, no para garantizar la justicia. Fue diseñada para perpetuar los esquemas, los grupos corporativos, los diferentes sectores de la sociedad y el sector empresarial organizados.

Luego que el país se dio cuenta, el mundo reaccionó. La imagen del presidente cayó a niveles inimaginables pero sin provocar ninguna consecuencia en un gobierno que parece no mirar nada, no saber nada, no trabajar para quienes lo eligieron. Un gobierno que ha impulsado una serie de reformas mediocres que, en el mejor de los casos, lo único que han garantizado es el incremento en el padrón fiscal con motivos recaudatorios. Una serie de reformas innecesarias que sólo han servido para que unos pocos hagan negocios, se beneficien del dinero público y se enriquezcan.

El país no crece en términos económicos. El tipo de cambio de nuestra moneda con el dólar ha impacto el ingreso de por sí precario de más de la mitad de los mexicanos. Como esta variable está ligada al crecimiento económico, el impacto es inmediato en términos inflacionarios. Todo sube menos el ingreso de los mexicanos porque un gobierno determinó que el salario mínimo fuera definido por acuerdos políticos. La llegada de nuevas empresas no es suficiente para atender la demanda y rezago en materia de empleos. Y menos es garantía de mejoras salariales que permitan alcanzar un bienestar real en millones de mexicanos.

Un país al borde del estallido social que, sin embargo, no está dispuesto a llevarse a una lucha armada. El cambio tendría que darse por la vía pacífica pero es justo eso lo que nos ha llevado a donde estamos porque el gobierno sabe que la guerra no está en la sangre de los mexicanos. Eso explica por qué el Ejército mexicano lleva décadas en Guerrero queriendo erradicar las ideas de guerrillas que vuelan por esa zona.

Un país que no ve el rumbo en materia de seguridad, con un presidente que cree que un número telefónico va a resolver los problemas que tenemos y cuya iniciativa de reforma que eliminaría las policías municipales sigue siendo tan mediocre y equívoca como el resto de sus reformas. Un problema que le fue legado pero que debió de resolver de manera inmediata y que, sin embargo, sólo empeoró las cosas.

Un presidente que padece alguna enfermedad y que eso ha comenzado a imposibilitarlo. Un gabinete que cree que puede seguir engañando a sus gobernados, fabricando pruebas e inventando testigos, al más puro estilo de sus antecesores. Un gobierno que diseña programas públicos que siguen sin cambiar el rostro del país. Un gobierno que no está dispuesto a ceder un solo voto a pesar de su falta de resultados y su incapacidad para resolver problemas. Un gobierno que es totalmente indiferente a la pobreza, el desempleo y la inseguridad en la que ha hundido a millones de mexicanos.

 

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