Sara S. Pozos Bravo

Pastores que huelen a lobos

“Pastores que huelan a ovejas…”, fue lo que pidió el actual Papa cuando fue elegido para ese cargo. Sabía que el olor que se despide en muchas diócesis y arquidiócesis es pestilente. El olor de la corrupción y del abuso sexual se impregnó en los pasillos del Vaticano. Hedía en los casuales cambios de parroquia, en el encubrimiento sistemático, en las estructuras de una institución que ha aprendido a sobrevivir con base en un sistema que le ha dado prerrogativas. Décadas de silencio e injusticias penetraron las paredes, los muros y las sotanas de un sinnúmero de prelados y sacerdotes. El olor no era de ovejas sino de lobos rapaces que devoraban la fe de los creyentes católicos. Esta semana, Bergoglio autorizó la creación de un tribunal especial para juzgar a los obispos que encubran casos de pederastia. Autorizó que este tribunal forme parte de la estructura de la Congregación para la doctrina de la fe y cuente con presupuesto propio para que inicie sus operaciones. Pero aunque la medida ha sido alabada, representa un proceso más en la burocracia de la Iglesia. El tribunal recibirá denuncias de cualquier persona que considere no haber sido escuchada por su obispo o sacerdote inmediato pero deberá seguir el debido proceso; es decir, que sólo recibirá denuncias siempre y cuando las personas hayan agotado todas las instancias locales, regionales y nacionales al interior de la jerarquía católica. Pasado estos escalones, se deberán enviar la denuncia a través de la Congregación de los Obispos, de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos o de la Congregación de las Iglesias Orientales, en el caso de que los perjudicados sigan esos ritos. Todo un viacrucis, pues, en la búsqueda por la justicia. En Estados Unidos, la justicia de ese país en varios estados ha presentado cargos criminales –como el reciente contra la arquidiócesis de Saint Paul y Minneapolis-, por el manejo que sus autoridades eclesiásticas dieron a los casos de pederastia. El fiscal del caso asegura que, la arquidiócesis falló en proteger a los menores abusados, contribuyendo al daño causado. Esa justicia ha prevalecido en los Estados Unidos, al menos los últimos 15 años, cuando The Boston Globe destapó los escándalos de abuso sexual en la diócesis de Boston y la arquidiócesis de Los Ángeles. Desde entonces, los acuerdos extrajudiciales mandaron a la bancarrota a varias arquidiócesis en la Unión Americana, señal inequívoca de la responsabilidad civil y penal en la que incurrieron los obispos y toda la jerarquía en ese país. La propuesta del tribunal puede leerse como una condición mínima pero no suficiente en términos de justicia para las víctimas.

 

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