Sara S. Pozos Bravo

El Papa, el niño y el santo

Las expectativas, las probabilidades, el análisis y los datos esta vez sí acertaron. Todo comienza a develarse. Nada permanece oculto. En un mundo cada vez más ligado a la tecnología, a las redes sociales, a las filtraciones, el mundo católico sufre las consecuencias de los errores cometidos. Durante todo el pontificado del ahora por decreto denominado santo, Juan Pablo II, los más olvidados, los más humillados, los más vulnerados fueron los niños. Nuevamente, la institución milenaria denominada Iglesia Católica, pretexta un milagro que le justificaría el olvido del mundo mediático que ella mismo construyó a favor de Juan Pablo II.

El ahora Papa argentino no quiso enfrentarse a la cúpula más poderosa en términos económicos, que impulsó la canonización de Juan Pablo II. No quiso por convicción o porque no quiso terminar como su antecesor. La postura de Ratzinger fue muy clara desde el principio de su pontificado: “Ir a contracorriente y resistir a los ídolos de la sociedad contemporánea forma parte de la misión de la Iglesia”. Asociado con la corriente dura dentro del catolicismo, Ratzinger siguió con la línea establecida por él mismo: No a la modificación del celibato, no a la apertura al sacerdocio para mujeres, no a la tolerancia de teólogos de “izquierda”, etcétera. Pero sin duda alguna, los temas que le costaron el pontificado a Ratzinger fue la recomposición de la Curia Romana (las secretarías de Estado, pues), la designación de nuevos Cardenales, la postura de Benedicto XVI frente a los curas pederastias y las medidas al respecto. Temas que, por supuesto, el actual Papa iba abordar de otra manera.

Para evitarse tales dolores de cabeza, el actual Papa institucionalizó la irresponsabilidad de Karol Wojtyla quien, siempre de la mano de Marcial Maciel, ignoró cuantas cartas y quejas se presentaron en contra del fundador de los Legionarios de Cristo. Al hacerlo, ni se confrontó con la poderosa Curia Romana, ni desaprovechó la oportunidad de seguir explotando la imagen de Juan Pablo II.

Durante todo este tiempo, el Papa Francisco ha vendido una idea de su pontificado que pocos creen; mientras habló de justicia preparaba el camino para la canonización de Juan Pablo II; cuando estableció su ideal de sacerdote sabía de la responsabilidad institucional de la Santa Sede en el tema de la pederastia sacerdotal. Quiso vender una imagen que él mismo no creía. Quizá por eso también canonizó a otro Papa, uno visto con mucho recelo por la línea más conservadora del catolicismo.

Ahora, el actual Papa es corresponsable de la impunidad de la que gozó en vida Marcial Maciel. La historia lo señalará como el responsable de haber convertido en retórica la exigencia de la justicia de miles, miles de niños que sufrieron de abuso sexual y que recibieron la espalda de la institución en la cual confiaron, de haber perdido la oportunidad de trascender por sus convicciones y de salpicarse de la corrupción enquistada en el Vaticano.

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