Sara S. Pozos Bravo

Olvido, indiferencia y esperanza

Durante años, los mexicanos vivimos en la indiferencia total. Nada parecía movernos. Ni las muertes de Juárez, ni el caso de la guardería ABC, ni el saqueo al despoblado realizado por los gobiernos de cualquier color y partido político. Tampoco nos conmovían los cuerpos colgados de los puentes, las fosas encontradas a lo largo y ancho del país, más manchados unos estados que otros, pero al fin manchados. De los casos aberrantes del abuso del poder a los casos en los que la sociedad y los ciudadanos teníamos oportunidad de cobrarle a los gobernantes sus acciones, el tiempo de espera sobrepasaba las dimensiones de la capacidad de retención humana, que, tarde o temprano, olvidaba todas las promesas incumplidas y terminaba por votar en las urnas por los mismos políticos. Una a una, las oportunidades confirmaban las hipótesis: jamás habría algo que lograra cambiar este país. Nada parecía movernos y la esperanza se desvanecía con la misma rapidez que llegaba. Quién sabe porqué los mexicanos no reaccionábamos ni nos indignábamos como ahora parece que lo hacemos.

La conciencia social del mexicano había estado cautiva por tres elementos: uno, el desempleo; dos, la precariedad en los salarios; y tres, la corrupción e impunidad desde el gobierno. El cuarto elemento, sin duda fundamental, han sido las televisoras mexicanas. Sin ellas, ninguno de los tres factores primeros habría embonado en una sociedad como la nuestra.

Pero el poder político, los gobiernos corruptos parece no tener límites. Entre más tiene más quiere. Su capacidad humana se mide en función de sus relaciones con los poderosos, no con el ciudadano de a pie. Y entonces, un presidente municipal arropado por los perredistas y el crimen organizado, en un municipio olvidado –como muchos otros más en el país- comete el error de creerse intocable y le apuesta a la desaparición y el asesinato sin medir las repercusiones sociales e internacionales de su propio poder. Y al hacerlo, el país que ya no aguantaba más, revienta. Y entonces, millones de mexicanos comienzan a despertar de la indiferencia en la que se encontraban. Comienzan a organizarse, a pensar por sí mismos, a cuestionarse la forma y el fondo de la noticia, de las declaraciones, de las relaciones, de las respuestas tardías. Duda de su gobierno, de sus explicaciones, de su capacidad y de su honestidad.

Porque el ciudadano de a pie ha entendido que hoy fueron los cuarenta y tres jóvenes en Ayotzinapa, pero que, en cualquier otro momento, pudo haber sido él. Pude haber sido yo. Pudo haber sido usted que me lee. El mexicano está despertando y deja de ver novelas, deja de escuchar Adela Micha, deja de ver a López Dóriga. Y comienza a escuchar la radio universitaria, sea cualquier fuere ésta. Comienza a ver canales culturales e informativos respetables. Lee el periódico o revisa la revista Proceso. Con todo esto, parece que estamos ante el punto de inflexión en una ciudadanía que clama justicia.

 

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