Sara S. Pozos Bravo

Mandela, su legado

Necesitamos uno como el sudafricano que ayer extinguió sus días. Uno como él. No dos ni tres. Uno que luche con convicción, no con acuerdos cupulares. Uno que esté dispuesto a dar su vida por un ideal, no por una posición política. Uno que cambie su condición por los derechos de la gente, no uno que pretextando la representación del ciudadano, los hunda en la miseria. Uno que con sus acciones cambie el rumbo de una nación, no uno que la aniquile levantando la mano. Uno que se haya forjado en la pobreza para entenderla, no para aprovecharla a su favor. Uno que haya vivido la discriminación y exclusión por cualquier motivo, no uno que desde el poder la genere, la proteja, la promueva.

El ideal de un luchador social como el Nobel de la paz ha trascendido. Su legado quedará en la memoria de un pueblo que sigue sin recuperarse de esa política de segregación que ahondó en la miseria de toda una nación. La libertad que le otorgó a su pueblo fue la que él mismo perdió encerrado en la cárcel durante 27 años. Condenado por los Estados Unidos, juzgado en la más ignominiosa irracionalidad, sobrevivió al aislamiento de un régimen por sí mismo vergonzoso. La afrenta la llevó el gobierno que lo condenó pero su firmeza y convicción, su visión de la democracia y de su propio pueblo, lo llevó a estar entre los grandes hombres del siglo XX.

Los estudiosos y conocedores de la vida de Nelson Mandela aseguran que pudo sobrevivir en la cárcel porque se inspiraba, todo el tiempo, en el poema de William Henley titulado: “Invencible”. Poema que reproduzco a fin de entender el impacto en las convicciones de este ser humano. “De la noche que me cubre, negra como el vacío de poste a poste. Agradezco a cualquier Dios por mi alma inconquistable. En las malignas garras de la circunstancia no me he estremecido o gritado en voz alta. Bajo los golpes de la suerte mi cabeza está sangrienta, pero no inclinada. Mas allá de este lugar de ira y lágrimas, surge el horror de la sombra. Y sin embargo la amenaza de los años, encuentran, y encontrarán, a un yo sin temor. No importa qué tan recta esté la reja, qué tan cargado de castigos esté el pergamino. Soy el amo de mi destino: soy el capitán de mi alma”.

El apartheid es uno de esos momentos en la historia de una nación que deben de condenarse abiertamente. Deben de estar escritos en los libros de texto de historia universal. Deben de conocerse por las nuevas generaciones para evitar que se repitan. Porque no siempre, ante un gobierno inmoral, habrá hombres como Nelson Mandela. La primera vez que leí algo relacionado con el apartheid entendí que en todo el mundo, la segregación racial, la discriminación, los crímenes de odio y la exclusión, existen. Se disfrazan o se justifican en actos de gobierno, en la religión, en el color de la piel, en la supremacía de las razas, en las formas más grises de los pensamientos retrógradas que quieren sobrevivir en pleno tercer milenio, sin más Mandela para enfrentarlas.

www.sarapozos.mx