Sara S. Pozos Bravo

Jubileo: preámbulo

La historia bíblica señala que era una fiesta judía. Que se celebraba a los cincuenta años. Que se había establecido como festividad para otorgar perdón, para liberar a los esclavos, para sacrificar presentes al Dios de Israel. El alcance traspasaba a los circuncidados porque llegaba a los extranjeros, a los esclavos. Como condición indispensable para poder celebrarla se exigía la presencia de la persona facultada por Dios llevar a cabo la fiesta solemne.

Durante la época cristiana, cuando Jesús recorría Galilea y las ciudades cercanas, cuando discutía con los fariseos y los saduceos, cuando derramaba su espíritu en el Huerto de Getsemaní, no hubo registro alguno de que la fiesta solemne del Jubileo se celebrara por esos primeros años. Y no lo hubo porque no se cumplió el primer requisito de dicha fiesta: cincuenta años. Más tarde, ya en la época de los apóstoles, las epístolas de Pablo reflejan un trabajo arduo, difícil, cansado, de convencimiento para los primeros cristianos de la época en el primer siglo de esta era. Y si con Pablo la confrontación con los judíos fue la constante, con Pedro sobresale la diáspora de la Iglesia a causa de la persecución romana ya rumbo al 70 d.C.

Cálculos personales me permiten afirmar –con base en diversas fuentes históricas, claro está- que en esta época apostólica, sí se cumplió el primer requisito para celebrar el Jubileo; es decir, sí se cumplieron cincuenta años. Además de eso, sí se encontraba una persona facultada para convocar y celebrar la fiesta solemne. Pese a que ambas condiciones se daban, el denominado “Nuevo Testamento”, empero, tampoco deja evidencia que la iglesia cristiana del primer siglo hubiera tenido la oportunidad de vivir y participar de tan significativa celebridad.

La pregunta es inevitable: ¿Por qué? ¿Por qué no hay evidencia de una celebración así en las epístolas de los apóstoles? A manera de reflexión, planteo tres puntos para el análisis: El primero, porque los primeros cristianos carecían de una vocación y atención que les permitiera celebrar y vivir dicha fiesta. No tenían la visión para hacerlo. O no tenían el corazón dispuesto para agradecer a Dios el que les permitiera vivir un evento tan singular, tan único y, quizá, tan irrepetible. La segunda reflexión apunta a asegurar que no era tiempo de celebrar dicha fiesta, ya bajo la luz del evangelio de Cristo. Y, finalmente, una tercera reflexión va en el sentido de asegurar que, al haber habido varios apóstoles al mismo tiempo quienes trabajaban en la predicación y atendían a las iglesias, ello en suma, aseguraba los cincuenta años pero no quería decir que un solo apóstol hubiera dirigido a la Iglesia de Cristo durante ese tiempo.

Por eso, que tan singular celebración resulte al mismo tiempo irrepetible, es mucho más difícil de creer cuanto y más se piense que eso pueda suceder hoy. Porque es tiempo de celebrar el Jubileo, la Luz del Mundo se mueve para estar una vez más en Hermosa Provincia.

 

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