Sara S. Pozos Bravo

Agosto 1

Es la fecha de inicio del año espiritual para La Luz del Mundo. También es el inicio de la cadena de oración de veinticuatro horas desde el día de ayer y hasta el próximo día 9 de agosto. Tanto uno como otro motivo es suficiente para que, miles de creyentes en más de cuarenta países en el mundo, en cientos de congregaciones locales, se reúnan para agradecer al Creador la oportunidad de un nuevo año bajo el cobijo y dirección apostólica del hermano Samuel Joaquín; es el motivo de agradecer por el momento, el tiempo, los días vividos bajo la fe de La Luz del Mundo. Esa fe que ha sido cuestionada por ajenos pero amada por los creyentes, que no deja duda a la razón pero que eso mismo resulta para los no creyentes, algo como ilógico o contradictorio. Esa fe que, quién sabe cómo, cambia la vida de los cristianos, abre fronteras, da soluciones, ofrece una esperanza de vida posterior a la presente, protege al que en Dios confía, transforma el corazón del hombre, sostiene al hombre en los pilares de la Elección.

La tan esperada reunión anual –y no sólo es esperada por los creyentes- convoca a miles de delegados en el evento denominado Santa Cena, cuya remembranza evoca la última cena que Jesucristo, fundamento y fundador de la Luz del Mundo- tuvo con sus discípulos momentos antes de padecer en la cruz. Ese momento de remembranza se lleva a cabo el día 14 de agosto y a él acuden miles de delegados que, desde hace unos días, comienzan a romper la rutina de la ciudad, abarrotando los vuelos, las aerolíneas, las carreteras. La ciudad sabe de La Luz del Mundo y de sus reuniones. Tan lo sabe, que los espacios públicos son vendidos a precios impresionantes, tanto o más como la renta de una casa por una semana en hasta 20,000 pesos, o tan impensable como los 600 pesos en promedio que cobra un taxi del aeropuerto internacional de la ciudad de Guadalajara a Hermosa Provincia.

Pero haciendo a un lado a los seres ventajosos que abusan de la fe de los peregrinos, cabe precisar que la fe de La Luz del Mundo se consolida y fortalece en el corazón de los creyentes con reuniones como la de ayer. La fe avanza y se enraíza. No importa el día o la hora, si hay lluvia o un sol candente, ahí y así se reúnen, se juntan, se acercan, se entienden y se saben como hermanos, como creyentes del mismo Dios, de su hijo Jesucristo y del elegido por Dios. Esa es la Luz del Mundo, una de las iglesias no católicas con mayor crecimiento en México, Honduras, El Salvador, Colombia y Costa Rica. Que además de estar a lo largo y ancho de América, se inserta en el Viejo Continente en los países tradicional e históricamente católicos.

Que en el día a día, la fe de esta iglesia se convierte en un instrumento fundamental para superar cualquier adversidad, tristeza o dolor o momento inesperado. Por eso, los días se cuentan con desesperación y la llegada de un nuevo año espiritual anuncia el tan esperado evento de La Luz del Mundo, la Santa Convocación en y hasta Guadalajara.

 

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