Urbi et Orbi

El hijo de nadie

El Museo de las Identidades Leonesas es uno de esos proyectos que ejemplifican muchas de las distorsiones y complicaciones que se tienen en México para que una buena idea colectiva vaya consolidando, para que después de muchos años en la mente de diversos promotores obtenga un apoyo oficial y luego, para que se ejecute con buena dirección y eficacia, sin perderse en la maraña burocrática y los disputas entre dependencias y funcionarios de un mismo nivel.

También es un ejemplo de las dificultades que enfrenta un organismo paramunicipal con flancos internos deficientes, en específico el tema del resguardo de los edificios patrimoniales que sale bailando entre las facultades de varias áreas de la administración y la obligación de concertarse con otras dependencias centralizadas para ejecutar sus proyectos. Además, muestra cómo eludir el fortalecimiento de su Consejo Directivo que los últimos Ayuntamientos han retrasado, tarde o temprano cobra su factura. En alguna medida, la crisis que hoy vive el proyecto del MIL también es consecuencia de la negativa del cabildo a una renovación escalonada de los consejeros y el nombramiento del director verdaderamente respetuoso de las facultades del Consejo Directivo.

¿En dónde comenzó esta historia? He hablado con consejeros del pasado y del actual órgano directivo del Instituto Cultural de León, y con su actual director Sebastián Serra.  Todos dan razón de que se trata de un proyecto añejo (casi una década de antecedentes) con una inquietud antigua y a la vez, de vanguardia: elaborar un espacio de reflexión colectiva y popular sobre la identidad leonesa, desde sus matrices históricas pero también en sus rasgos territoriales, de prácticas culturales y de proyección hacia la sociedad abierta y global. Exhibir, dar cuerpo a un intangible y a la vez, una práctica cotidiana diversa, tuvo desde siempre sus dificultades, pero la idea movió a académicos y silvestres interesados en la ciudad y sus procesos culturales a buscar referentes y colocar la idea en los proyectos que, un día que el ICL tuviera dinero, lo ejecutaría. Por cierto, no se pensaba en llamarlo Museo.

Ese día llegó en el 2011 en la peculiar distorsión con que en las últimas legislaturas, nuestros diputados cabildean o consiguen recursos directos para determinados proyectos de su interés, aunque éstos no hayan pasado el tamiz de una presupuestación general del municipio o del área que los requiera. De golpe se obtuvieron 16.4 millones de pesos para el Museo de las Identidades, de los cuales 6.2 millones iban a emplearse para la adecuación física de un espacio histórico y el resto para equipamiento y producción museológica. Se le llamó Museo, ¡oh, distorsión! porque de otra forma, el CONACULTA no habría podido encuadrarlo en los proyectos financiables y aunque el dinero ya estaba en el Presupuesto de Egresos de la Federación (PEF) que tiene ciertas reglas para su ejercicio se le indicó al ICL que lo ejecutara con reglas de otro fondo (el PAISE) mucho más estricto en sus conceptos. Así que con ganas de hacerlo más transparente la gestión se complicó.

Quiero resaltar que pocos proyectos del ámbito cultural municipal se logran para realizarse en un solo paso, es decir, sin necesidad de fraccionarlo en etapas o esperar a ver si en un segundo año se obtiene recurso para su continuación y al que además, se le asignó desde el principio una funcionaria que gerenciara el asunto, con un sueldo nada despreciable y ubicada en un buen punto de la estructura orgánica del propio instituto. ¿Por qué teniendo estas dos condiciones ideales, dos años después el proyecto sólo ha ejercido 3 millones de pesos en restauración del edificio, no parece haber acuerdo sobre los contenidos que se producirán o con los cuales los visitantes o usuarios interactuarán e incluso, se cuestiona la pertinencia del proyecto mismo?

Todos mis entrevistados y entrevistadas coinciden en percibir una mezcla de ineficiencias, desgaste burocrático y falta de habilidad personal de Luz María Castañón, directora del MIL desde su inicios quien dejó el cargo entrado el 2014, para gestionar con dependencias disímbolas como INAH y Obras Públicas municipales, y avanzar a un tiempo la obra física y la obra intelectual que supone el Museo. Ello se combinó con el cambio de tres diferentes directores generales del ICL, Arturo Osornio, José Luis García Galiano y Sebastián Serra que, paradojas de su nombramiento tan diferente, compartieron en su momento un desdén para que el proyecto se concluyera. Paradojas de nuestra administración pública Castañón, Osornio y Galiano fueron liquidados “con todas las de la ley” obviando que su posición ejecutiva y política era insostenible en alguna medida por su propio desempeño.

Sin embargo, públicamente, en la sesión extraordinaria que tuvo el Consejo directivo del ICL a finales de enero, se insistió mucho en que los errores radican en que el proyecto de la obra no se abordó como una restauración integral de un edificio patrimonial sino como una simple adecuación de un espacio y hasta se dio vista a la Contraloría para que investigue si en dicha decisión hay responsabilidades de funcionarios públicos.

Esa cuestión de culpar a unos ladrillos viejos me parece que esconde el ambiente polarizado y las distorsiones que el Ayuntamiento y presidentes municipales, anteriores y actuales, dejaron correr a partir del nombramiento de Alfonso Barajas como presidente del ICL, cuestionado en la administración pasada por su falta de experiencia en instituciones culturales y ratificado por la alcaldesa pese a que se documentó la división que creaba entre consejeros, la intervención grosera y errática que ha ejecutado en la marcha administrativa del ICL.

La evolución del MIL es incierta. Ejemplifica el dicho de que “los errores son huérfanos”, pues mientras se trató de un proyecto que logró un millonario presupuesto público para ejecutarse, todos querían que se les acreditara alguna porción del logro, ahora que cruza por crisis desde todos los ángulos, nadie quiere asumir una posición o responsabilidad

saranoemi@gmail.com