Urbi et Orbi

Doble cachucha

Hay ocasiones, cuando en un cuerpo colegiado se presenta una propuesta a votación y ésta no recibe ni un voto a favor más que de quien la presenta, una piensa que su promovente es ineficaz o maquiavélico;  lo primero porque no realizó un trabajo previo de información y convencimiento entre sus pares, y lo segundo porque en realidad buscaba quemar una idea en la que en no creía pero no encontró cómo deshacerse de ella, políticamente.

Pensé en esa disyuntiva cuando leí que en la sesión de finales de enero del Consejo directivo del Instituto Cultural de León, todos los consejeros y consejeras votaron en contra de la propuesta del director del ICL, Sebastián Serra, de contratar a un despacho para resolver las múltiples vertientes de gestión del proyecto Museo de las Identidades Leonesas, conocido por sus siglas, MIL.

A ello se agrega la imposibilidad de descifrar si esa propuesta era auténticamente iniciativa de Serra, o del presidente del Consejo, Alfonso Barajas. Pregunté al Director del ICL sobre ello; me contestó que él asumía completamente la propuesta basado en la conveniencia de que son muchas las materias (obra civil, de restauración, museística, administrativa) que hay que resolver sobre el MIL y que es difícil que una sola persona, en caso de nombrar al nuevo director/ra, no podría reunir todas las especialidades. Esa convicción ameritaba un trabajo previo que evidentemente no hubo y que ha dado lugar al tipo de suspicacias de las que están llenas las instituciones culturales en León.

En efecto, era muy problemático que la dupla Serra-Barajas propusiera contratar al despacho de Pedro Villegas, pues la misma razón que lo acreditaba con antecedentes en el proyecto, lo invalidaba para hacerse cargo: su despacho fue contratado por el ICL para organizar dos talleres participativos de donde salieron algunos de los contenidos museísticos que habrían de alimentar la idea del MIL. Sin embargo, desde el año pasado, en presentaciones de trabajo ante el Consejo, en especial una que se llevó a cabo en noviembre de 2013, sus resultados se juzgaban tan insuficientes que no convencían a los consejeros y no permitían hacerse una idea precisa de lo que se exhibiría en el hipotético museo a partir de lo recolectado en aquellos talleres.

Otro detalle que debió considerarse es que Pedro Villegas es consejero suplente del Instituto y tendría un doble papel como directivo honorario y profesional contratado. Esta doble cachucha que se ha permitido en el ICL desde hace varios años, sin clarificarse si constituye, o se acerca, a una irregularidad, a un conflicto de interés o a un riesgo legal para la institución en caso de incumplimiento de contrato. No conozco que la Contraloría municipal o los miembros del Ayuntamiento hayan enfatizado a los ciudadanos que nombran consejeros sobre implicaciones legales para sus empresas o intereses el convertirse en servidores públicos honorarios de modo que se permite que se hagan negocios o se obtengan contratos con discreción, que sólo se sacan a relucir cuando algo va mal. No obstante, ese ámbito gris de responsabilidad pública a la larga hace mella en la credibilidad de los directamente involucrados, tanto como de quienes sabiendo una implicación dudosa no dijeron nada o, incluso, de los que aprobaron que ello ocurriera sin darse cuenta.

En una tesitura similar se encuentra Rafael Pérez, ex consejero del ICL quien participaba en el comité del MIL. Tanto en la sesión del Consejo Directivo de enero como ante los medios de comunicación se ha soltado la expresión: “un ex consejero recomendó e insistió que se contratara a Fernando Siller”, profesional a quien se señala como responsable de no contemplar que el edificio del MIL necesitaba un proyecto de restauración integral.

En entrevista con Rafael Pérez sobre el asunto, contó: Fernando Siller, amigo suyo de muchos años, vino a dar una plática en la universidad donde trabajaba. En esa ocasión conversó con integrantes del Consejo sobre el proyecto del MIL, que aún no tenía recursos; a muchos dejó buena impresión por proyectos como el Museo del Desierto y el Museo del Algodón que él había conducido. Cuando se tuvo la premura de presentar la documentación para bajar los recursos, a decir de Rafael Pérez, el propio Alfonso Barajas preguntó si Siller podría encargarse de darle forma a lo que ya se tenía de proyecto museístico. Ante esto, Rafael Pérez recuerda lo siguiente: “Pues sí, pero yo no lo traje para que hiciera el proyecto ni lo estaba promoviendo, por lo que se formó una comisión del Consejo y se presentó una propuesta y Alfonso consiguió que Obras Públicas hiciera el proyecto ejecutivo para bajar el recurso. El objetivo de esa contratación era complementar el proyecto de museografía con el de restauración, pero a él no se le pidió el proyecto de restauración dado que se haría con voluntarios del posgrado de la Ibero”.

Hay una distancia entre dudar como método y convertir la suspicacia en ideología, por la que tarde o temprano todos tienen malas o secretas intenciones. Milito en lo primero y lo segundo me parece la antítesis de una rendición de cuentas o asunción de responsabilidades personales y colectivas.

En este sentido, en lo personal valoro positivamente que el pleno del consejo del ICL haya rechazado una contratación que no les convencía para encauzar el MIL, incluso si ello tuvo que mostrar la fragmentación e ineficacia de la Dirección del ICL y la forma notable como su Presidente se descarga de responsabilidad en los tropiezos del proyecto.

Ojalá que esa decisión del Consejo del ICL marque una diferencia con lo que viene y no se permita, o peor aún, se fomente, una falta de deslinde de responsabilidades: dar vista a la Contraloría no va a servir de mucho si no se quiere asumir y comunicar públicamente lo que al interior del propio ICL se sabe y se tiene documentado.

En definitiva, espero que los actuales consejeros/as del ICL puedan, como dice Gabriel Zaid en su último libro, Dinero para la cultura, “encauzar lo que está pidiendo nacer” y ahuyentar esa maldición que señala –y probada la tenemos- que “en los imperios del sector público los fracasos pueden durar indefinidamente”.

saranoemi@gmail.com