Urbi et Orbi

Datos blandos, percepciones duras

Dicen que la red social facebook vive lo albores de su declive pero aún proporciona ocasión de debatir en un tiempo elástico: a partir de una información que alguien cuelga uno vierte un comentario y pasan horas o días en que, azarosamente o medio gobernado por la propia máquina de la red, alguien, muchos, se suman al debate.

Esto me ocurrió en los últimos días, a partir de una noticia, generada por el abogado y activista ciudadano Roberto Saucedo, quien a partir de solicitudes de acceso a la información ha documentado detalles sobre un viaje personal a Las Vegas realizado por la alcaldesa Bárbara Botello; si bien este periplo lo realizó en fin de semana y la edil ha dicho que lo pagó de su bolsa, flota en los informativos que le han dado despliegue, en especial los del portal web Zona Franca, del periodista Arnoldo Cuéllar, que al menos para el vuelo, la alcaldesa recibió los favores de un acaudalado empresario leonés, histórico mecenas priísta.

El último dato que obtuvo Roberto Saucedo vía transparencia fue que en el citado viaje también participó Ma. Esther Santos de Anda, para mayor seña, presidenta del Comité municipal anticorrupción, un trío ciudadano de participación honorífica para coadyuvar a canalizar denuncias de corrupción del ámbito local, que también forman Arturo Calderón y Antonio Morfín.

Ese sólo dato dio pie para que, a la velocidad en que se mueven las noticias en los portales informativos de hoy, se cocinara una nota que pronto estuvo en otros sitios de información política que se confeccionan en el DF y con los que Zona Franca tiene colaboraciones y colaboradores en común. Supongo que cualquier reportero local, y cualquier ciudadano enclavado en su microambiente, esta contento de escalar los impactos de su trabajo profesional o de su esfuerzo ciudadano, pero me sentí francamente decepcionada de la forma como se insufla vida a una nota con declaraciones a partir de un simple dato, valioso y oportuno, pero aún simple dato. Expresé mi sentir que era: los medios le soplan para que la espuma sea más vistosa en lugar de solidificar con datos la irregularidad detectada. De ahí se encadenó un intercambio de opiniones que retomo en este espacio.

Conozco personalmente a Roberto Saucedo y he seguido con interés y esperanza sus esfuerzos por usar los mecanismos de transparencia para documentar asuntos de interés público que cotidianamente uno pesca en los informativos.  Yo también lo he hecho en muchas ocasiones y se que esas búsquedas a veces dan satisfacciones pero las más ocasiones provocan una frustración tremenda no encontrar  una vía para hacer punible un hecho en que uno tiene la convicción, y cree tener las pruebas, de corrupción, ilegalidad o al menos irregularidad. Esa sensación a menudo se incrementa porque su difusión es limitada por los medios de comunicación tradicionales que antes y ahora, suelen definir convenencieramente si le dan cabida o no a dichas informaciones.

No obstante, hay veces que se despliegan pero sin mayor aporte del medio, que renuncia a investigar y reporteros se tiran a lo que se sabe hacer muy bien en nuestro periodismo: pedir opiniones a diestra y siniestra sobre un hecho del que sólo se conocen versiones o datos aislados y construir condenas inmediatas –por supuesto en medios, sabiendo que no llegarán a los juzgados- sin agotar siquiera un mínimo de preguntas por hacer a los datos o a la trama que se denuncia. El paso a pedir renuncias de tal o cual funcionario, “por ética”, “por dignidad” o cualquier otro artulugio desconocido, ¡se da sin pena ni gloria y por supuesto, sin consecuencias.

Desde que tenemos leyes de transparencia, es claro que sabemos más sobre la corrupción, sobre sus mecanismos y amplitud de terrenos en que se despliega, pero castigamos menos o igual que en el pasado, o sea, nada. Y esto debiera preocuparnos.

En el debate facebookero decía una amiga que el tema del viaje de las señoras Santos y Botello, aunque no hubiera nada probado sobre el punto de ilegalidad o corrupción, “alimentaba las suspicacias”. En efecto, creo que los mexicanos nos hemos acostumbrados a sentirnos satisfechos con sospechas en lugar de pruebas y a traducir nuestra percepción en convicción sin pasar por el filtro de los hechos y de la racionalidad de concatenar datos y situaciones.

No defiendo en absoluto a la señora Santos o a la alcaldesa Botello y aunque difiero en la forma que ha adoptado Roberto Saucedo de poner en la opinión pública sus hallazgos y vincularlo a una acción política determinada, sigo convencida que un buen dato o indicio, incluso si aparece en documentos oficiales, hay que contrastarlo con otra cosa, porque el hecho de que los entreguen por transparencia no hace verdaderos todos sus contenidos. A mí como lectora, como ciudadana, me parece que nada avanzamos con asumir un indicio como hecho irrefutable solamente porque nuestra percepción coincide con lo que por años hemos visto en el país.

 En resumen, como lo ha investigado el sociólogo del derecho, Antonio Azuela, en materia de corupción en nuestro país tenemos “datos blandos y percepciones duras” en buena medida, esto lo agrego yo, porque al aparato legal e institucional que persigue los “tipos legales” que adopta la corrupción así le ha convenido y porque los periodistas y los ciudadanos que deciden evidenciar a la hidra a menudo le seguimos esa lógica. Urge cambiarla.

saranoemi@gmail.com