Voces callejeras

El "procu" de la demagogia

Pareciera que De la Garza pisoteó a San Lázaro y la demagogia le ganó. No hay otra explicación para observar la absolución de los agresores que antes parecían anticristos.

Pienso en Adrián de la Garza y todavía no salgo de mi asombro. Donde sea que lo veo está sonriendo. Apretones de manos para unos y abrazos fraternos para otros. Las redes sociales arden con menciones sobre su excelso trabajo y muchos tuiteros lo aclaman.

Y sí, me refiero a nuestro procurador, el mismo que antes renegaba de las cámaras y evitaba cualquier roce público. ¿Qué le pasó?, ¿por qué cambió su perfil? Supongo que muchos me responderán que comenzó una campaña para posicionarse como futuro candidato político. También dirán que fue asesorado (de urgencia) porque su hipotético rival (Jorge Domene) le lleva años luz de ventaja en carisma y renombre.

¿Saben qué? No me importa si es así. Y supongo que ustedes pensarán lo mismo respecto a una persona que decide orientarse hacia otros rubros. Porque allí no está el problema ni el desconcierto que les manifiesto.

Lo que me perturba de nuestro procurador se relaciona con los límites que está dispuesto a cruzar para ganarse la simpatía. Y por eso, y recordando los últimos episodios, esta semana me quedé atónito frente al televisor cuando más apretones de manos llenaron la pantalla.

Todavía recuerdo el instante cuando el Telediario mostró el sublime episodio. “Aficionado tigre perdona a sus agresores”. Les confieso que luego de analizar la noticia todavía pensaba que era broma. ¿Cómo?, ¿acaso nuestros diputados federales no acababan de aprobar una ley que penalizaba esos comportamientos?

Pues ¿qué les digo? Pareciera que De la Garza pisoteó a San Lázaro y la demagogia le ganó. No hay otra explicación para observar la absolución de los agresores que antes parecían los anticristos del deporte. ¿Los recuerdan? Hinchas rayados que golpearon a felinos y luego se regodearon en las redes sociales. Todo un circo que muchos sectores políticos exageraron para taponear la precaria realidad en las colonias marginales y desviar la atención hacia el futbol.

Pero bueno, quizá ésa sea otra historia y aquí no me alcanzarían las líneas. Analizar los problemas que sufren nuestras tribunas escapa al minimalista debate que se puso de moda. Ojalá pudiésemos operarnos la miopía que nos enturbia la realidad. Afuera está el problema. Delincuencia organizada, marginación y escasas oportunidades decantaron en un futbol donde el sentido de pertenencia los abrazó a todos.

Y con el agua hasta el cuello, fue el Pleno de la Cámara de Diputados el que avanzó y aprobó una vieja y cajoneada ley que penaliza los actos violentos en las canchas. Una decisión que apenas tenía unas horas cuando nuestro procu la pisotea y sonríe para la foto. 

Porque mientras todo el país grita por una solución en los estadios, Adrián de la Garza decide perdonar a quienes supuestamente eran los más violentos. Y (cuidado con esto) porque apuntarlos como agresores no significaba que debían cargar con la lapidación mediática a la que fueron sometidos. Pero, pues, así fue y ni qué hacerle al respecto.

¿Por qué el procurador de Nuevo León dio una señal tan equivocada? La Federación arremete pero el Estado los suelta. Pareciera que prefieren el coqueteo social y ganar mayor opinión pública que cumplir con las leyes que millones de mexicanos estaban exigiendo. Ahora los más violentos ya lo saben: la nueva legislación podrá burlarse si se tocan los botones indicados.

Y les repito. No importa si De la Garza está en campaña o no, puede hacer lo que quiera y ojalá crezca en su carrera, pero el mensaje que ha entregado con este episodio es tan confuso como reprochable.

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