Voces callejeras

Nosotros somos el problema

Nos hacemos los desinteresados por una realidad que debiese espantarnos. Inflamos el pecho diciendo que ya conocemos lo que ocurre y que es parte de ese TODO...

En mi editorial pasada describí el grave problema que tenemos adentro de las cárceles de Nuevo León. Fui sincero, crítico y expuse información que la mayoría de los reporteros prefiere evitar. Usé nombres y señalé al Cártel del Golfo y Zetas como culpables. Identifiqué a nuestras autoridades estatales y detallé nombres…

Y con toda esta info publicada me senté a esperar las respuestas, sí, las tuyas y las de otros miles que permean las redes sociales con opiniones que siempre disfruto leer y me llevan al análisis y autocrítica.

Un mensaje, diez, doscientos y varias miles de interacciones. ¿Qué inquietaba a los lectores? Mi obstinación por describir una situación que ya es conocida por todos. “Para qué contarlo si no lo cambiaremos”, “Una muestra más de editoriales sin sentido”, “Denuncia a los Medina”, etc., etc.

Entonces hago lo de siempre y pienso en frío. Junto las respuestas y confirmo que la mayoría busca lo imposible. Porque pareciese que nada nos conforma. Atacamos por atacar y criticamos por deporte. Estamos tan cegados por el olor a sangre que olvidamos lo que tenemos enfrente.

Y justo adelante, a metros de nuestras narices, están esos datos que pudiesen ayudar al cambio. Pero, ¿quién lo puede realizar? Los periodistas no. Ni los que se creen superhéroes pueden impactar sobre el sistema como lo logra el ciudadano. Son ustedes quienes debiesen empujar más allá de los típicos límites que nuestros miedos infringen.

Pero siempre caemos en los mismos facilismos de quejarnos y atacar al prójimo. Son otros lo que están mal y no saben manejar las cosas. Mi vecino es el corrupto y el que votó a Ivonne. Mi jefe es el superficial y usurero. Proyectamos en el otro nuestras inseguridades personales porque le tenemos terror al cambio.

Por eso nos vale madre lo que ocurre en las cárceles. Nos hacemos los desinteresados por una realidad que debiese espantarnos. Inflamos el pecho diciendo que ya conocemos lo que ocurre y que es parte de ese TODO rancio llamado Nuevo León.

Ah, pero mira qué chingones somos. Aceptamos toda la mierda pero nosotros nos creemos mejores. Apuntamos con el dedo desde el púlpito de la moral y no hacemos nada para modificarla. Los únicos que protestan aquí por un cambio son los afiliados a los gremios. Organizaciones seudomafiosas que cortan las calles con la energía que los ciudadanos debiésemos tener por pura genética democrática.

Así somos, ¿o no? Sabemos que en la esquina de la colonia venden droga y no lo denuncio. Pago mordidas cuando puedo y después exijo trasparencia. Exaltamos lo que no somos y luego nos ofende lo contrario.

Ojalá entendamos que el cambio ocurre cuando nos aceptamos como somos. No busquemos ideales tan alejados de nuestra naturaleza. Empecemos por casa para luego enfocarnos en la marea corrupta cada vez más alta.

Porque los políticos nos conocen de pies a cabeza. Aprovechan nuestros mecanismos de defensa (freudianos) para hacerse un picnic y entregarnos la retórica que creemos merecer. Es decir, nos tienen donde quieren y lo peor es que nosotros nos creemos generadores de cambios.

No, amigos, estamos en las antípodas de esa cuestión. Por eso disfruto leerlos a ustedes a través de sus opiniones. Dejemos de poner las expectativas sobre el resto y ensuciémonos las manos. Un poco, al menos, para sentirnos vivos otra vez. Y miremos alrededor para ser muy críticos. No hay nada peor que acostumbrarnos a vivir con la frase: “Todos sabemos lo que pasa ahí (ej.: cárcel), ¿y?...”.

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