Voces callejeras

Diez mil contra todos

Si queremos ver a la Adicción10Mil como foco infeccioso estaríamos muy equivocados. ¿Que lucran con el equipo? Falso. Ningún miembro de La Adicción obtiene dinero del hincha.

La inauguración del nuevo estadio rayado representa la recta final para una evolución sociológica que muchos se esfuerzan por dinamitar. Porque más allá del éxito deportivo, con una transición de inmueble que puedo adelantar como la más exitosa en la historia de la Federación Mexicana de Futbol, el presente popular que representa la cancha de La Pastora se relaciona con la exitosa aglutinación de miles de seguidores con un objetivo común: alentar al equipo de sus amores.

Pero esta catarsis de masas que considero sumamente positiva, también es criticada por quienes atisban un sesgo de criminalidad en un movimiento que crece exponencialmente.

Y ¡ojo! No me refiero a los miles de aficionados convencionales que abarrotarán las butacas, sino a La Adicción, la barra, porra o grupo de animación (descripción según cada interesado).

Porque con la nueva cancha nació un movimiento que cambió las reglas y el ruido generado es voraz. Inverosímil de pensarse hace más de una década, varios de los líderes más representativos del grupo fundaron la Adicción10Mil con el objetivo de colocar tremenda cantidad de seguidores (diez mil) en la ubicación del inmueble que ellos consideraban como legítima, detrás de la portería.

Hoy, más de 8,500 registros ya fueron entregados en el corporativo de la avenida Revolución y otro segmento similar pudiese obtenerse dentro de poco tiempo. Es decir, las zonas 9 y 10 de General Baja serán para La Adicción, sin asientos y con las características propias de quienes buscan saltar y gritar por su equipo.

Y con esta realidad comenzaron los problemas. “Están lucrando con la barra”, “ya parecemos Argentina”, “son unos vendidos que traicionaron el anonimato del hincha”, “tanta organización los transformará en criminales”.

Y otros errores de apreciación que por eso decidí compartirles esta editorial. Mismo espacio donde alguna vez también titulé que “los barrabravas mexicanos no existen”. Mismas líneas que sigo defendiendo porque aquí estamos en las antípodas de la locura criminal de Argentina. Cualquier atisbo de organización que queramos describir se origina en la genuina necesidad de disfrutar a su equipo en los estadios. No conozco (y llevo 14 años como hincha y estudioso de la sociología del futbol) un episodio clave que me decante por asimilar la peligrosidad que conocí en las canchas de Buenos Aires.

Y si queremos ver a la Adicción10Mil como foco infeccioso estaríamos muy equivocados. ¿Que lucran con el equipo? Falso. Ningún miembro de La Adicción obtiene dinero del hincha. Quienes viajan dentro del país o internacionalmente se costean con sus propios negocios (vender playeras con colores rayados no es un delito). No existe la coerción ni el cobro de piso (como en Argentina).

Y si queremos asociar a la Adicción10Mil con un retroceso en la tribuna también seguimos confundidos. Este movimiento demuestra la cohesión y madurez de la hinchada para sentarse a conversar con directivos. O sea, chavos de barrio en la misma mesa que empresarios millonarios. Hablar de miles de inscritos nos demuestra que las cosas debiesen entenderse por su raíz.

¿Cuál es? Quizá el punto culmine para demostrar que la afición regiomontana avanza hacia un territorio desconocido. Y esto es tan positivo que preferimos pensar lo peor y evitar el optimismo. Siempre criticamos y atacamos por placer. Acusamos con descaro y denostamos a quienes creemos no tienen la posibilidad de mejorar. Pues, ¿saben qué?, creo que esta vez deberán tragarse el orgullo porque este fenómeno de la Adicción10Mil aplastará como avalancha varios de los prejuicios más enquistados de nuestro futbol.

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