Voces callejeras

La hipocresía de sentirse solidario

Les pido que lean con sinceridad. ¿Quién de ustedes está preocupado por los diez mil muertos en Filipinas? o, ¿cuán consternados se sienten por los 113 mil afectados por las lluvias en Tabasco?

Supongo que muchos dirán: “Ya colaboré llamando al 0800-filipinas”, “Es una tragedia histórica, hay que ayudar”, etcétera. Cientos de respuestas posibles para una situación que siempre envuelve el mismo comportamiento del ser humano. Un disparador psicológico automático y superficial que disfrutamos utilizar sin entender sus consecuencias más profundas

¿A qué me refiero? A la amnesia voluntaria que rodea a cualquier tragedia humana. Nos dan lo mismo los muertos de Filipinas o los que tenemos a la vuelta de la esquina. Nos gusta engañarnos al decirnos en voz alta que somos solidarios y que nuestro vecino nos importa. Pero la neta es que no. Y como pensaría mi amigo Hobbes, somos egoístas por naturaleza y si puedo chingarte… te chingo.

Sigamos con el ejercicio de conciencia. Viajemos más lejos y recordemos lo preocupados que estuvimos por los diabólicos tiranos que asediaban a los países árabes. Ustedes volverán a decirme: “Fue hace poco”, “Qué bueno que la democracia llegó a ellos”, mmh… ¿poco? Ya pasaron tres años de aquella cruzada internacional y nuestra ignorancia es total.

Cierren los ojos y piensen en Irak, Afganistán, Libia, Egipto y la contemporánea Siria. No tenemos ni idea sobre las guerras civiles que envuelven sus calles. Hace años nos creímos ciudadanos del mundo y aplaudimos iniciativas que nunca cuestionamos. Luego, apagamos la tele y dejamos de leer. No nos interesó lo que siguió para esos países porque se acabó la moda.

¿Por qué olvidamos tan fácilmente? Es la duda que siempre tuve después de caminar y trabajar entre zonas devastadas. ¿Quién de ustedes considera que Haití se volvió un paraíso? No sean ilusos, está igualito o peor y millones mueren por diarreas o hambrunas. Pero, eso sí… ni cinco pesos de ayuda enviamos para ellos en este 2013.

Observar las últimas imágenes sobre el tifón en Filipinas volvió a despertar esa duda que aquí les describo. ¿Cuán efímero es nuestro interés por las tragedias que realmente importan? Quizás nos duele tanto que preferimos mirar hacia otro lado. No lo sé. Tal vez escarbamos en algún mecanismo freudiano para evitar tanto dolor. Aunque, la verdad… lo dudo.

Vivimos en una sociedad cuyo mayor símbolo es la televisión. Sus noticieros amontonan temas y relacionan recetas de cocina con masacrados por el narco. ¿Quién tiene la culpa? Por supuesto que nosotros.

No me conformo con varios contenedores llenos de toneladas de víveres que se reúnan en alguna televisora local. Mi cuestionamiento va más profundo. Al día siguiente. A los meses que sufrieron Anáhuac, Guerrero o Chiapas luego de que los huracanes las destrozaron. A los años que siguen viviendo en la pobreza la mayoría de ejidatarios cuyos cultivos arrasa la naturaleza.

Y hacia ellos nuestra preocupación es inexistente. Adoramos gastar los domingos entre teletones pero nuestra realidad más sincera está muy alejada de ellos. Una sociedad que se preocupa es una sociedad que se muestra solidaria a largo plazo. ¿Lo somos? No. Ni nunca lo seremos.