Voces callejeras

La guerra del futbol

El sorteo mundialista me dejó más introspectivo que otras veces. Rato después de verlo, subí el volumen del reggae de mis audífonos y repasé la lista de los grupos que se enfrentarán en Brasil el año próximo. Había algo diferente, nombres llamativos que me generaban un ruido extraño. Serbia, Irán, Croacia, Argentina, Ecuador y Honduras… mmh, todos conectados por un inusual hilo de historias cruzadas que había presenciado en la última década.

Luego prendí la computadora y me puse a escribir estos párrafos. Cada vez que caminé una guerra me encontré con una pelota. No importó que fuese en África o Medio Oriente. Tampoco en la humedad de la selva amazónica o sobre la ribera seca del río Tigris en Bagdad. El resultado siempre era el mismo y creo que todavía no me acostumbro a ello. El valor que representa un solo y único deporte para millones de personas en sinfines de rincones dispares de nuestro planeta.

Esos lugares que visité durante los últimos diez años fueron desgarrados por los crímenes más atroces pero el balón parecía nunca detenerse. Los niños jugaban sobre los callejones de Bengasi en pleno toque de queda gadafista. En Irak, pasé horas jugando al futbol con la gente o siendo invitado para ver algún partido de su selección en las copas regionales. Todo ocurría en pleno territorio de guerra. ¡Sí! Poco les importaba que sobre las afueras de la ciudad estuviesen bombardeando o masacrando algún pueblo. Su vida era el futbol y el conflicto armado crecía junto a él.

Y ver esos nombres en el próximo Mundial me recordó esa totalidad que representa el futbol. Para muchos puede ser algo insólito o exagerado. Habrá gente que considera al futbol como un simple deporte, pero a mí me parece una idea insuficiente. Un balón puede transformase en sinónimo de esperanza, pasión, nacionalismo, odio y muchos otros sentimientos que naciones enteras perciben hasta el extremo.

Supongo que algunos dirán que es enfermo definir de esta manera al fulbol. No sé. Ahora les escribo con el corazón y con la naturalidad que absorbí de cada rincón donde observé patear una pelota y gritar un gol. Una pasión que transforma en empatía una situación particular para luego adherirla a tu alma.

¿A qué me refiero? Cuando unes el futbol con una experiencia traumática de tu país, pues… la suerte está echada. Cada partido te recordará ese momento y despertará los fervores más irrisorios.

Si no, pregúntenle a serbios y croatas después de la eliminatoria que jugaron. Crímenes de guerra, millones de desplazados y una región desgarrada que se volvió a encontrar en un estadio. Supongo que Argentina querrá golear a Irán. Ese país que coquetea con su presidenta pero que financió un atentado que sacudió impunemente a Buenos Aires.

¡Ah! Y sí lo añejo refuerza el sentimiento, ni le digan a los argentinos que pudiesen enfrentar a los ingleses porque la Guerra de Malvinas se posesiona hasta de los rioplatenses recién nacidos. ¿Puede explicarse algo así?

Ahí les va Ecuador y Honduras en el mismo grupo. “¡Gánenle a esos traidores!”, dicen en Tegucigalpa quienes vieron cómo el derrocado presidente Mel Zelaya se refugió en la embajada sudamericana tiempo después del golpe de Estado.

Guerra y futbol siempre estuvieron juntos. No podemos separar una cosa de la otra y cada año se suma un nuevo capítulo a esta inevitable novela. Sí, un simple partido que abre una mezcla de sensaciones imposibles de equiparar.  

santiagofourcade@hotmail.com