Voces callejeras

El engaño universal de los indígenas

Mi llegada al Amazonas se convirtió en una mezcla de sensaciones difíciles de explicar. Pocas veces compruebo que algún lugar despierte tantos recuerdos y comparaciones al mismo tiempo. Dos pasos en la selva y rememoro la Colombia más salvaje. Convivo con las tribus peruanas y las postales de charlas pasadas con los indígenas keniatas me despiertan en la noche.

Y lo raro de todo esto es que me siento muy incómodo. Otra vez observo el cuadro completo que tantas veces me lastimó. Porque no importa cuántos continentes conozcamos, la verdad se asoma como única y universal cuando tienes la opción de comparar. Ojalá pudiese decir lo contrario y consolarme con ser una persona que nació y morirá en su barrio. Pero muy lejos de un destino así, cada año me devuelve sobre hojas de ruta que repiten patrones angustiantes.

Por ejemplo, ayer pasé varias horas con los yaguas y mi decepción fue total. Toda su vida gira en torno al turismo. Ruegan para que les compren collares y bailotean con danzas tan insípidas como deslucidas. 

Cincuenta kilómetros al norte el resultado es el mismo. Pero allí son los bora quienes anuncian que cobrarán por cada cosa que se les pida. Ni cinco minutos pasas en su choza cuando un tabulador de precios es recitado por su jefe como si fuese el mantra más sagrado. “No puede tomar fotos porque no pagó los diez soles”, fue lo último que escuché ante de enojarme.

¿Por qué se comportan de esa manera? Y no me digan que son olvidados por el gobierno. Que los indígenas necesitan hacerlo para sobrevivir, ¡por favor!, qué demagogia más barata. Entendamos que los indígenas pisotean su legado milenario por cincuenta pesos. Visten ropas occidentales hasta que les toca la hora de trabajar de indios. ¡Sí! Porque así quieren que les digamos y los veamos (¿o no es lo mismo con los mayas de Palenque?, ¿con los huicholes del norte?).

Y claro, allí vamos nosotros, los turistas que alimentamos esta aberración comercial. ¿Qué puede aportarnos un espectáculo así? Más alejado de la vida selvática no pudiesen estar. Tres plumas en la cabeza no representan el linaje de El Dorado. Varios pies descalzos y pechos descubiertos no implican un documental de National Geographic.

Pero algo raro pasa con nuestro mundo. Tan podridos estamos que cada población indígena del planeta repite el mismo patrón. Todavía recuerdo mi bronca con los massai keniatas. No dan un salto sin que les pagues una moneda. Te venden hasta la ropa que llevan puesta y cada grupo de chozas parece una extraña mezcla de camionetas 4x4 y turistas que se regodean con una tradición que no existe.

Amamos el circo que creamos y nos engañamos a nosotros mismos. Tan poderosa es nuestra mente que ocultamos la realidad para sentirnos mejor. Supongo que nos convencemos que estamos aislados en la naturaleza. Que llegamos hasta los confines del mundo para presenciar los últimos vestigios de las civilizaciones más arcaicas.

¿Por qué lo diseñamos así? Es la pregunta que me sigo haciendo hoy. Estoy sentado frente al río Amazonas y su atardecer es soñado. Esto es real y verdadero. Naturaleza en estado puro y representante del pulmón que mantiene vivo nuestro mundo.

Pero lo otro, eso que rodea a turistas e indígenas es vergonzoso. Es impuro e hipócrita. Quien quiera engañarse, que lo haga. Da lástima entender que todo se reducirá a souvenirs y a una fantasía sustentada en dólares para nuestros portarretratos.

 

@santiago4kd