Voces callejeras

Somos católicos fundamentalistas

Para la mayoría mexicana lo católico es sinónimo de Verdad, sí, de ésas que van con mayúscula porque a pesar de alejarnos de ella siempre estará presente.

Todavía me asombra lo absolutistas que podemos ser en cuestiones religiosas. Aceptamos como obvias ciertas cuestiones de las que nunca dudaremos. Así son porque nos lo enseñaron, crecimos y la cultura que nos rodea la transpira con un humor espeso y penetrante. Para la mayoría mexicana lo católico es sinónimo de Verdad, sí, de ésas que van con mayúscula porque a pesar de alejarnos de ella siempre estará presente.

Y cada día de esta Semana Santa me remarcó estos fundamentos y otras certezas. Porque es empalagoso tanto mensaje feisbuquero alabando a Jesús; frases mesiánicas y estados (en las redes) donde las personas se entregan con desmesura al culto católico. Si mejoramos en nuestra chamba le agradecemos a Dios. Lo mismo cuando alguien se enferma y necesitamos cadenas de oración. Hacemos hashtags con Jesús y calcomanías para expresarle amor incondicional. Tan impregnada está la religión en el sistema que se vuelve normal una situación que debiésemos aprender a observar en perspectiva.

¿Qué pasaría si cambio algunas palabras? Hagan el ejercicio y reemplacen Dios por Alá, borremos a Jesús y agreguemos a Mahoma. Ya no firmemos con "si Dios quiere" y pongamos "Insha Alah". Quitemos las citas bíblicas por el Corán. No más Antiguo Testamento y sumemos las tradiciones sunitas y chiítas a nuestra vida cotidiana.

Luego volvamos a repasar las mismas redes sociales (ya con su nuevo maquillaje) de nuestros amigos católicos o cristianos y asumamos lo que pensaremos.

Sin tapujos y como lluvia de ideas, será: malditos terroristas, viven de la religión y son tan fundamentalistas que por eso están de la chingada. Pareciese que todo lo que hacen se relaciona con Dios y nunca dejan de pensar en él.

¿Me equivoco? No creo y debiésemos animarnos a una aguda autocrítica. Mi primera experiencia similar fue hace diez años. Estaba con los pies en la arena y disfrutando las hermosas playas de Tel Aviv. Cuarenta días furiosos en Irak y dos semanas devastadoras en la Franja de Gaza empujaron mis contradicciones occidentales hacia todos los límites.

Pero ahí estaba yo, viendo cientos de israelíes con sus estrellas de David colgadas del cuello. Algunos la llevaban tatuadas, otros en toallas y comprendí que su omnipresencia me molestaba muchísimo. Estaban por todos lados y pasé horas enojándome por la impregnación religiosa de un pueblo en constante guerra.

Pero luego (ya no sé cuánto pasó) cerré los ojos y cambié la simbología judía por la católica. Puse a Jesús en las toallas y la cadenitas de oro se llenaron de pequeñas cruces. "Increíble", pensé, mientras Tel Aviv se trasformaba en Cancún o Acapulco.

Había entendido que todos somos tan iguales que replicamos el comportamiento religioso según el contexto cultural que nos apapacha de niños. Y el resto, todo esa enormidad que nos rodea, son montañas de prejuicios y de una educación que muchas veces no podemos evitar (al menos, de niños).

Como si estuviéramos cegados ante la posibilidad de la diversidad. Por eso no comprendemos el desmadre de Medio Oriente y el furor del Estado islámico (EI). ¿Qué representa esa bandera negra con frases coránicas? ¿Por qué miles de seguidores nuevos se les unen a diario? Esta fiebre mexicana por la Semana Santa nos debiese ayudar a entenderlo un poquito mejor. ¿Por qué negamos nuestro propio fundamentalismo católico? Pensémoslo con tranquilidad y luego, si quieren, pueden criticarme con la saña que (solamente) se despierta cuando les cuestiono su impoluta catolicidad.

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