Voces callejeras

Nuestras cárceles sangrarán

Nuestras cárceles están a punto de explotar. El Topo, Cadereyta y Apodaca se encuentran al borde de una crisis que cuando llegue… pues, todos diremos ¿cómo pudo pasar esto? ¿Qué ocurre en los penales? Porque siempre que la crisis golpea nos hacemos lo distraídos. Pareciese que disfrutamos caminar a ciegas frente a situaciones que debiesen preocuparnos en demasía.

Déjenme argumentales y luego saquen sus propias conclusiones. Primero entendamos que no tenemos idea sobre lo que pasa puertas adentro de los penales. A los ciudadanos nos vale y los reporteros tienen miedo de las represalias. Entonces, desde este punto de partida, los reclusorios avanzan entre su propia lógica desinformativa bajo reglas que la mayoría evade.

Y esta constante convivencia en las cárceles suele decantar en relaciones tan conflictivas como enfermizas. Autoridades y delincuentes se hunden en situaciones que no tienen retorno. Ambos se necesitan y confabulan como la rémora y el tiburón. De los mejores ejemplos de la simbiosis en la naturaleza y conclusión darwinista para un temible depredador que se conforma con los beneficios que le entrega un parásito comodino.

Porque el silencio que nos entregan las cárceles se debe al pacto entre autoridades y delincuentes. Ojalá pudiese concluir otra cosa pero les mentiría, y no me refiero a los directores que cotidianamente deben lidiar con ellos, sino a toda la pirámide que se deslinda desde la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) hasta los celadores.

¿Está bien que operen así? Repito, ustedes saquen la conclusión. Desde la mirada gubernamental nos dirán que los resultados son contundentes y la violencia ha disminuido. Nos pondrán la ínfima cifra de fallecidos sobre la mesa y serán muy convincentes.

Ok, pero ¿eso alcanza? Pareciese que las autoridades deciden sus políticas para quienes estamos en libertad y no para los presos. Es decir, consideran más importante la percepción de seguridad que tiene la opinión pública externa y no la realidad endeble de las instituciones de reinserción social. ¿Comprendemos el alcance de esta locura?

Adentro de nuestras cárceles existen jerarquías y líderes delincuenciales con control mayoritario. Hay lujos y privilegios. Cárteles y mafias definen lo cotidiano. Armas, celdas de castigo propias, drogas, prostitutas, violaciones, wifi y cobros de piso para internos o familiares. Todo lo que vimos en las películas existe en los penales nuevoleoneses y quizás, hasta las supera.

Pero esta es la estrategia que eligieron las autoridades estatales y por eso la discusión se vuelve tan pragmática como moralista. “Que se pudran por ratas”,  que los maten a todos”, suele gritar una parte de nuestra sociedad. Y ante esta lógica la postura gubernamental parece la correcta. Números blancos hacia fuera y un agujero negro adentro. Que se maten entre ellos pero que nuestra comunidad no lo sepa.

Aunque ¿cuánto tiempo durará el engaño? Las antipatías sangrientas que demuestra el crimen en la ciudad continúan en los reclusorios. No hay pausa para esa guerra y el espejismo de tranquilidad que creemos percibir se logra por la sed (y necesidad) de seguridad.

Presos y familiares sufren un calvario que nunca conoceremos. Las autoridades estatales ya se encargaron de esto y ojalá que su maquiavelismo nunca los golpee. ¿Qué haremos nosotros? Podemos reclamar, esperar o conformarnos con la apatía popular de siempre. Aunque una cosa puedo asegúrales hoy y en estas escasas líneas: la sangre volverá a las cárceles y las excusas del Gobierno serán vergonzosas.

 

@santiago4kd