Voces callejeras

Las barras bravas mexicanas no existen

Entendamos que las barras bravas mexicanas no existen. Nunca hubo ni habrá (ojalá) porque el contexto es tan diferente como inverosímil para nuestro país. Aunque, y siempre pasa lo mismo, cada vez que ocurre un hecho violento el tema se vuelve moda y los medios nos embriagamos con el mismo debate. Gastamos horas analizando un fenómeno de violencia que nos atemoriza pero que percibimos desde una perspectiva que sigo considerando equivocadísima.

Les pongo una muestra muy actual. La semana pasada, luego del Clásico norteño, un simpatizante de Tigres fue golpeado y las fotos de su agresión dieron la vuelta al mundo a través de las redes sociales. Tiempo después, la sociedad regiomontana se rasgaba las vestiduras sobre un episodio brutal mientras la cacería de brujas empezaba.

Pero eso no es lo malo. Al contrario, si el acusado fuese culpable debería pagar hasta con la cárcel por el sadismo que demostraba las imágenes. Es un hecho que la violencia en los estadios creció y ocultar tanta verdad sería una blasfemia. Aunque, y aquí mi desacuerdo, el origen del problema no debe achacarse a supuestos grupos mafiosos que controlan las tribunas.

Es un error de criterio demasiado profundo y complejo. Las agresiones que observamos en las canchas son la prolongación del precario tejido social que se diluye en Nuevo León. Con colonias corroídas por el narcomenudeo y pandillas. Vivir en barrios marginados es sinónimo de supervivencia, y esos chavos son los que llegan a las tribunas.

Pero aquí no hay barras bravas. ¿Por qué estoy tan seguro? Significaría que los líderes de las barras mexicanas se relacionan con alcaldes, diputados o gobernadores. Y que esas autoridades los mandan a cobrar piso, extorsionar y asesinar personas. Además deberían ser los responsables de la reventa, las amenazas a jugadores y portar armas de fuego. ¿Qué me faltó? Ah sí, ganar millones de pesos gracias a sueldos fantasmas en organizaciones sindicales y viajar por todo el mundo financiados por la directiva del club.

¿Entonces? ¿Creen que ocurre eso en Tigres o Rayados? Por supuesto que no. Y más allá de ciertos beneficios que algún grupo pueda lograr para obtener boletos; el resto del estilo de vidabarrista es la antítesis de lo que ocurre en Sudamérica. Aquí abunda la antipatía con los directivos y los constantes maltratos policiales. No existen sobornos y ningún miembro de la porra local sabe siquiera dónde contactar a los dirigentes.

Por eso el problema es mucho más grave. No podemos adjudicarle a grupos de aficionados la responsabilidad por la violencia. Todo Nuevo León está implicado. Así viven las colonias más marginadas. El código es la batalla y los colores representan un estatus que le devuelve la vida a quienes menos tienen.

Los invito a caminar los cerros superpoblados y entender mi descripción. Queremos adjudicarle a las barras un desenlace que el propio sistema de exclusión causó. Un estado sin oportunidades genera agresión y frustración en sus ciudadanos. Nuevo León respira inconformidad y lo manifiesta a través del futbol. No hay más que eso. La gente se pelea en la calle por motivos sociales que escapan al deporte.

Pero claro, echémosle la culpa a lo que conocemos poco. Qué tontos somos, qué ilusos respecto de una pesadilla que ojalá nunca nos toque. ¿Se imaginan a Zetas y Golfos controlando el futbol? Eso es lo que representa una barra brava. Pensemos dos veces antes de seguir hablando sin conocer.

@santiago4kd