Voces callejeras

Vale todo para ganar

Estos sufragios los recordaremos como el ultraje más profundo a nuestra capacidad de análisis.

Falta menos de una semana para las elecciones y la sensación ciudadana es muy clara: estamos hasta la madre. Hartos y ciclados con un proceso que expuso la exagerada capacidad que existe para imponer un candidato. Ni ganas me dan de gastar palabras en los actos de cierre de campaña que vivimos ayer. Estos sufragios los recordaremos como el ultraje más profundo a nuestra capacidad de análisis. Nos vendieron lo que quisimos escuchar y peor, compramos la fantasía que necesitábamos para sentir que dormiríamos tranquilos.

¿Qué diferencia existe entre los tres principales candidatos? Ninguna y ojalá lo entendamos. Los tres torcieron el sistema y moldearon las reglas según sus intereses. Más o menos oficialistas y algo o mucho independientes; el abanico de caretas que desfilaron durante estos meses variaron según la demagogia que la opinión pública exigía. Porque en este truculento tridente configurado por partidos políticos, medios y empresariado nadie se salva.

Y cuando digo nadie, es nadie. Me enoja que nos vendiesen ese ideal de independencia de El Bronco. Siento arcadas de pensar en los grupos empresariales que lo apoyan desde el inicio. Sus lazos intactos con muchos patriarcas priistas y la confabulación mediática para imponernos ese bonito pero inexistente concepto llamado independencia. Rodríguez dominó las redes sociales como nadie. Con mucho impulso genuino, pero también con un infierno de robots que arrasó con cualquier espacio de debate espontáneo que (yo) hubiese disfrutado encontrar en la red. Por eso no le creo nada.

Guerra sucia y desagradable. Adjetivos para tantos videos filtrados y llamadas que debemos aguantarnos a nuestros celulares. No pasa nada, gracias compañías por vender sus bases de datos y violar cualquier derecho básico de los usuarios. ¿Que si fue el PRI? Supongo, ya nadie lo sabe. Tan vulgar es este juego que atacan por todos los flancos hasta marearnos.

¿A quién le creemos? Tampoco lo sé. Los medios de comunicación nos desgranamos en colores y tendencias. Hay encuestas que entronizan a El Bronco por seis puntos y otras que lo ubican en el tercer puesto ante una Ivonne que arrasa. En fin, no importa cuánto intente la CEE regular la publicidad electoral porque la vida se maneja con otras reglas. Estamos en el territorio donde todo puede ser. Los criterios se tuercen una y otra vez. Somos millones de norteños consumiendo información con el afán de saber a quién votar. Un ansia que originalmente disfrutábamos, pero que ahora se volvió tan incómoda como nauseabunda.

Pensar en nuestros tres candidatos me recuerda a Blatter y la FIFA. Sin escrúpulos y con la capacidad intacta para mover las fichas en un tablero que nunca comprenderemos. Son tan inteligentes que utilizan a la democracia como pantalla. Hay votos que los avalan y sí, nosotros somos los ilusos que vamos a las urnas pensando que cambiará algo.

De casualidad ayer volví a ver Todo por ganar (1994), peliculón de básquet donde el coach (Nick Nolte) renuncia en la conferencia de prensa final. ¿Por qué? Explica que toda nuestra vida se convirtió en ganar y cualquier artimaña es justificada. No importa cuánto dinero deba pagarse ni cuánta trampa se haga. El sistema solapa esas trampas y los ciudadanos las aceptamos porque en el fondo queremos ver a nuestro equipo (o partido político) ganar.

Y esa es la enseñanza que me dejarán estas elecciones. Con Ivonne, Rodríguez y Felipe valiéndose de todo (legal e ilegal) para ganar y millones de ciudadanos que permitimos su ultraje como si fuese algo normal y parte del sistema.

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