Voces callejeras

San Valentín no le gana a la muerte

Siempre fui de los que relacionaban los festejos de San Valentín con un mercantilismo exagerado. Flores, corazones en las paredes y restaurantes abarrotados son el patrón usual para una fecha soñada por empresarios y vendedores callejeros.

Claro que esa resultante no aparece sola. Millones de personas esperan ansiosas ese día para demostrar el amor a sus parejas y la amistad que fortalece todos sus grupos sociales. En sí, todo el círculo manifiesta una extraña sensación de necesidad psicológica que trasforma el 14 de febrero en una fecha que todos pareciésemos necesitar con desesperación.

Y ese estado ansioso es el que me despierta más interrogantes ¿Por qué nos sentimos así? ¿Estamos desesperados por demostrar que podemos querer, sentir o amar? Píenselo y entenderá que ni siquiera nos damos cuenta de esto. Supongo que nos dejamos llevar por la corriente y asumimos ciertas conductas sin siquiera cuestionarlas.

Pero, ¿qué nos empuja hacia tanta exageración amorosa? Aunque no lo crean, un portal me dio la respuesta hace pocos días. Veinticuatro horas antes de festejar San Valentín recibí la noticia que un amigo y excelente fotógrafo había recibido uno de los premios más prestigiosos del fotoperiodismo mundial. Obvio, dos segundos después, ingresé al portal (https://www.worldpressphoto.org/awards/2014) e hice lo de siempre. Devoré la galería de imágenes y pasé largo rato reflexionando.

Aquí les adjunto el link porque me gustaría que pudiesen trasladarse al momento que me absorbió ese día. Los mejores fotógrafos del planeta captando momentos únicos e irrepetibles. Aunque, y como siempre ocurre con estas distinciones, la mayoría de los premiados se relacionan con guerras, hambrunas, catástrofes y situaciones que humillan. Es más, si quisieran revisar los premios fotográficos de los últimos veinte años comprobarían que cada lente muestra lo peor de los seres humanos.

Con este argumento no busco criticar los premios pero sí entender su significado. Vivimos en un planeta donde la destrucción y la maldad logran eclipsar lo positivo. Las noticias alegres no le ganan a las masacres y el morbo mundial domina la escena a placer.

Así es la humanidad que nos abarca y no podemos evitarla. Quienes trabajamos como corresponsales de guerra entendemos el juego y caminamos buscado ese retrato que pudiese aportar algo, aunque sea mínimo para cambiar la historia. “Convivimos con la muerte para retratarla y soñamos para que no ocurra de nuevo”, me decía hace años un compañero en Libia.

Pero buscar el cambio planetario es más utópico que optimista. Imposible modificar siglos de muerte entre civilizaciones empecinadas en destruirse. Muchos lo intentaron y perecieron en el intento. Hasta el sacerdote Valentín quiso realizar una buena acción pero fue ejecutado. Sí, el que ahora todos veneramos como el patriarca de los enamorados terminó martirizado en una celda.

Quizás por eso estamos tan desesperados por festejar el 14 de febrero, ¿me entienden? Nos rodea destrucción y muerte cada día. Pareciese que olvidamos lo natural sobre expresar afecto hasta que nuestra alma se despierta en esta fecha. Supongo que estamos hartos de tanta mala vibra. Jaja, tal vez ni siquiera nos gusten los corazoncitos o las rosas, pero son la única manera que tiene nuestra mente para descansar de tanta sordidez y crueldad.

@santiago4kd