Voces callejeras

Un Río "bipolar"

Son las seis y el avión aterriza en un aeropuerto carioca que parece dormido. Lluvia intermitente y neblina sobre las afueras de la ciudad conforman la postal más extraña para un Río de Janeiro mundialista que nos recibe con timidez.

Imposible no percibir lo sudamericano desde los primeros minutos. Cada kilómetro se asemeja a Caracas o Buenos Aires. Las autopistas están desbordadas por barrios carenciados que las rodean. Puentes y estructuras huelen al desarrollismo de los sesenta y toda la periferia parece perdida en el tiempo.

Hacia la costa tampoco cambian las similitudes. Todo Copacabana se retrata en los barrios porteños del centro. Edificios altos y con la arquitectura de fines del siglo XX amontonan departamentos con persianas de madera y elevadores minúsculos de botones luminosos.

Y claro, llegar a la playa implica empaparse del Mundial. Ahí sí, la marea turística rebasa las expectativas y medio continente de habla hispana camina por su rambla. Argentinos y chilenos lideran un ranking que mexicanos y colombianos complementan en el resto del país. Todo es cánticos y fiestas. Tanto furor genera este deporte que la gente duerme a la intemperie en plena lluvia. Nada parece importar más que presenciar los partidos y gritar por su bandera.

Pero mientras más observo, más me confundo. Recorro otras zonas y el panorama se abre. Desaparecen las banderas mundialistas y los brasileros se aplastan para ingresar al trasporte público. Pregunta política que hago genera respuestas agresivas hacia su presidenta. Nadie está contento con el Mundial. La mayoría critica la inversión desmesurada y la ineficacia de la FIFA sobre la herencia que dejará para el país.

¿Cuál es el verdadero Río de Janeiro? El segundo le gana al primero con facilidad. Los turistas conviven con una realidad construida para ellos. Limpieza y seguridad al 100 por ciento mientras la basura se esconde hacia las afueras. Las escuelas cancelaron las clases y las familias están furiosas. Bancos y oficinas públicas parecen zonas de guerra. No hay empleado que trabaje en horarios mundialistas y el mal humor se superpone a cualquier amistad anfitriona.

“Acompáñame a nuestra organización y tendrás otras perspectiva”, me insiste mil veces Ricardo da Souza. Hace veinte años que convive con la pobreza extrema sobre el cordón urbano carioca y su desesperación es total. Cada palabra que me repitió durante estos días parece clonada del discurso que sus colegas también exponen. Tanta presencia policial existe en las zonas turísticas que el resto de la capital permanece a oscuras. Ricardo sonríe con cada consulta que le hago y me agrega, “el Gobierno es muy inteligente y enfoca la atención mediática hacia lo bonito. Hace un año que se plantearon las estrategias comunicativas para aislar los focos rojos y por ahora les ha funcionando”.

Como si caminase bajo un apagón de seguridad e informativo. Así entiendo mis primeros días en Río de Janeiro. “Hasta te multan por tirar una colilla al suelo ¿y el resto?”, me exigía una estudiante ante la disparidad por medidas que buscan la excelencia mientras la pobreza extrema carcome la ciudad.

Comprender lo que ocurre supone leer varios periódicos y armar el rompecabezas del Brasil actual. El futbol juega en su mundo y el resto lucha por respirar. Como si el Gobierno quisiera ahogar todo rastro de inconformidad. ¿Qué pasará? Por ahora no lo sabemos. Creo que este Río bipolar permanece dormido.

 

@santiago4kd