Voces callejeras

Protestas con levadura

Primero escucho aplausos y después un altavoz desafinado. Dos minutos avanzan para que el sonido se pierda. Resopla el viento y los agudos de los gritos acoplan contra mi ventana en Río de Janeiro. “Creo que viene otra protesta”, pienso mientras anudo mis agujetas. Toda la mañana trabajando me había cansado pero la curiosidad por la magnitud de la marcha me obliga a buscarla.

Cien manifestantes o quizás un poco más. Venían desde lejos mientras un perímetro de policías los comenzaba a cercar. Me recuesto sobre un carro y abro un refresco. Para mí nada es más importante que analizar el contexto completo antes de ingresar a un hipotético escenario conflictivo.

¿Qué tipo de protesta es?, ¿quiénes participan?, ¿qué instrumentos o armas llevan?, ¿qué temperamento demuestran?… y así otra decena de interrogantes que debo responder en cinco minutos. “No más violencia policial en las favelas. Queremos respuestas del gobierno”, exige la lideresa que camina a veinte metros de mi posición.

Agarro mi cámara y me hundo entre los manifestantes. Con el angular a fondo, retrato banderas y ataúdes que simbolizan el crudo momento de la mayoría carenciada de Río de Janeiro. Acelero y subo a un contenedor de basura. El cuadro general que obtengo me deja pensado. De la nada empiezan a resaltar demasiados periodistas para tan exiguo contingente. Avanzo hacia el frente y todo el panorama se vuelve tragicómico.

Veinte, treinta, no se cuantos fotógrafos van a la delantera como si fuesen los que exigen al gobierno. Otros reporteros ni siquiera se inmutan. Van fumando mientras charlan con sus colegas. Varios utilizan cascos, chalecos antibalas y la enorme palabra “Press” tatuada en sus ropas. Otros remarcan la máscara de gas que les cuelga de las cinturas.

¿Quién cree que es demasiado? Jajá. Quisiera que alguien me preguntase eso. ¡Por dios! ¿Dónde estoy? ¿Siria? ¿Venezuela? O al menos en la difícil San Pablo… pues no, claro que no. Estoy siguiendo una manada de reporteros faramalleros en pleno malecón de Copacabana donde la Policía nunca intervendrá. Todo el cuadro es una burla a la ferocidad que implican las marchas sociales en Brasil.

Pareciese que los periodistas estuviésemos hambrientos de desmadres y necesitáramos algo así. Supongo que eso alimentó mi curiosidad inicial cuando la detecté. Pero, apenas después de aquel análisis inicial que les comentaba el veredicto quedó claro: Una marcha pequeña sin apoyo popular donde la izquierda más burguesa alegaba cambios al gobierno.

Y entender eso me llevo diez minutos. El resto estaba de más y pensaba irme por una caipiriña antes que perder el tiempo con un reclamo tan endeble. Pero no, ahí estaban mis colegas arremolinados como hormigas. Tan abundante era su presencia que engordaba la marcha como si fuesen la levadura ideal que cualquier manifestante soñaría.

Mientras, la Policía observaba y ni siquiera se preocupaba. Su presencia también era desmesurada y proporcional a los periodistas. Demasiados para mi gusto. Disculpen la sinceridad pero así estaba la situación. Pudiese comentarles lo contrario y victimizar lo obvio. Pero no y nunca lo haré.

En este caso, el hambre por la noticia modificó la sustancia. La protesta existió y se trasmitió en los medios. Yo también lo hice. Pero el análisis de fondo debiese ser mucho más sagaz y autocrítico. El descontento social existe pero no podemos inflarlo a placer. Tampoco debemos forzarlo por obligación ¿O no? ¿Qué piensan ustedes? Mm… sí, ya sé, qué iluso soy.

 

@santiago4kd