Voces callejeras

Metamorfosis hacia la maldad

La ventanilla del avión me da la perspectiva que necesitaba. Nuevo León a diez mil metros enmudece y su belleza retorna. Cierro los ojos y los oídos se me tapan. Ah, qué felicidad. Como si quisiera hipnotizarme con esa tranquilidad que sentía tan olvidada. ¿Qué significa eso? La brutalidad de nuestra capital se volvió implacable. Ahora sí, como nunca antes, la metamorfosis hacia la maldad de cualquier metrópoli internacional la siento completa. Nuestros municipios principales son una apestosa combinación de caos vial y ruidos. El smog se huele a kilómetros y las obras públicas aterrorizan a cada automovilista que atraviesa las calles.

Hacia el horizonte los edificios serruchan el paisaje. Se acabó la Sultana que era plana y paisajista. Decenas de edificios entorpecen la añorada postal y proyecta un caos vehicular que pocos quieren animarse a pronosticar. Sobre los cerros, mmh… ¿qué decir ya? Ricos y pobres los aprovechan como si fuese la última conquista. No importa la lana que tengamos. Vivimos allí porque queremos nuestra mansión en las flamantes colonias cerradas o quizás, porque somos de esos engañados por un sueño Infonavit que carece de camiones o alumbrado.

Lo interesante de volar sobre nuestro estado es que puedo observarlo completito. De la mancha urbana a la periferia olvidada. Durante los últimos años me cansé de escuchar sobre todas las miserias que las áreas rurales suelen sufrir. Todo las mata. La sequía provocó la miseria de miles de familias. Luego, las lluvias obligaron la misma reacción y la cadena se repitió incansable hasta este diciembre. Los gobiernos centralistas se hacen los desentendidos y regalan planes partidistas como si la gente fuese tonta.

El avión resuena sus turbinas para sobrepasar la sierra. Chau, Jenni Rivera y las teorías conspirativas. Circo, amarillismo y aquel umbral de violencia que cruzamos sin titubear. Por eso les mencioné que esta ciudad se volvió malvada y sin remedio. La violencia convive con nosotros y me entristece que nos hayamos acostumbrado a ella.

Mis oídos siguen tapados, bendita altura. ¿Saben cuál es la frase que más me desagrada de los últimos tiempos?... “Ya vamos mejor. Los antros cierran más tarde y vemos mucha gente en la calle. La violencia quedó atrás”. Naaa, por favor. Abramos lo ojos. Ahora sí que estamos fregados. Lo realista sería comprender que nos aclimatamos a una situación que nos derrotó. Los muertos siguen allí y no se irán. Cada día amanecen decenas de ejecutados pero ni siquiera lo notamos.

Y como vencidos debemos acomodar nuestra psicología para no estallar. Otro símbolo de la maldad de las grandes metrópolis que decidimos adoptar. La vida camina mareada entre una decadencia que no discutimos.

Por eso la perspectiva aérea se vuelve tan interesante. Implacable y certera. Desde arriba pudiésemos ser Colombia o Venezuela. Esas ciudades que amamos criticar pero que clonamos en muchos aspectos desagradables. Nuestro inconsciente nos obliga seguir adelante sin observar el cuadro completo. No criticamos el smog ni el amontonamiento urbano. Le sonreímos a la violencia y creemos que desapareció porque cincuenta muertos se transformaron en quince. Y la lista sigue… pero, ps, es mi visión en perspectiva, nada más. A ras del suelo, allí abajo, en pleno centro, quizás nunca comprendamos la verdad. ¿Qué preferirían ustedes? ¿Realidad o ilusión?

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