Voces callejeras

Encandilados por el fetiche venezolano

Esta semana me sentí en la universidad otra vez. Recordé los debates interminables con mis alumnos respecto de la capacidad mediática para vendernos una perspectiva específica. Lo interesante de la discusión se basaba en el poder indomable que demuestran las empresas informativas para convencernos que todo nuestro mundo se reduce a una sola visión.

“Cierren los ojos y díganme lo primero que se les ocurra con la palabra Venezuela”, los arengaba y la lluvia de ideas disparaba una cascada de insultos tan llamativos como deprimentes. ¿De dónde sacaban tantos prejuicios? ¿Quién de ellos había caminado por Caracas? Les cuestionaba rato después y su silencio era revelador. Habían formado una idea respecto de un país soberano basándose en los likes de Facebook o en los links del Twitter.

Vuelvo a párrafo inicial: ¿Por qué me siento otra vez en la universidad? ¿Les soy sincero? Porque mucha gente que me rodea parece encandilada con lo que ocurre en Venezuela. Sienten que nuestro planeta se reduce a las protestas y la reina de la belleza que falleció días atrás. Estoy harto del manoseo noticioso que está recibiendo ese país. Es más, tanta es la tergiversación y desinformación respecto de lo que ocurre que pocos pudiesen aventurarse para encarar una conclusión seria y real.

Pero de eso, ¿quién se da cuenta? Nula es la posibilidad de que entendamos la estrategia a largo plazo que se estableció para desestabilizar a una de las naciones más incómodas para los centros del poder internacional. Infinidad de artículos y toneladas de propaganda virtual derraman amarillismo emotivo para enternecer nuestro corazón. Tan fáciles somos de convencer que puedo imaginarnos abriendo una cuenta bancaria internacional para enviar dinero a la pobre y vapuleada opinión venezolana.

Jajaja. Está con ganas este mundo. Vivimos como los caballos que tiran los carruajes. Con los ojos tapados para no asustarnos del resto y creyendo que la fracción que vemos es la totalidad.

¡Totalidad! Esa es la verdadera palabra clave. ¿Por qué? Miren a Ucrania y entenderán las palabras que leyeron hasta aquí. ¿Quién? ¿Dónde queda eso? Abran cualquier portal web y conocerán muchas de las fotografías más crudas que hayan visto. Barricadas urbanas y manifestantes corriendo con el fuego sobre sus cuerpos. Muertos por todas partes y una represión policial que parecía desterrada del viejo continente.

Ucrania vive el escenario de guerra civil europeo más desgarrador del siglo XXI y nosotros no tenemos ni idea sobre eso. Allí, los derechos humanos fueron pisoteados y masacrados. Olvídense de Venezuela y tus tibiezas. Si las potencias mundiales fuesen sinceras, hubiesen actuado sobre este país y dejarían de llenar informes con la novelesca Venezuela (y aclaro, Nicolás Maduro me parece un bufón e inútil).

Lo comparo para que abramos los ojos respecto a la dimensión real de los eventos. Creemos que Maduro es el anticristo y ni cuestionamos el origen de nuestra crítica. Nos sentimos sabelotodos que opinamos a escupidas mientras Europa del Este presencia una atrocidad que debiésemos aprender a mirar.

Pero claro, lo que pasa allí no vende ni nos divierte. Ni siquiera son musulmanes. ¡Ah no! ¿Tampoco Al Qaeda? Ok, hasta que otra vez aparezcan los villanos favoritos de occidente supongo que la televisión nos seguirá divirtiendo con su renovado y tercermundista fetiche: Venezuela.

@santiago4kd