Articulista Invitada

¿Qué significa “cero tolerancia”?

Es muy peligroso minimizar la lucha contra la esclavitud y el abuso sexual. Los padrotes son criminales, no tontos. Si queremos una ciudad vanguardista que no prohíba derechos, los negocios, incluso los 'table dance', deben estar registrados.

Soy una asidua lectora de Sergio Sarmiento. Sus análisis son sólidos y con argumentos inteligentes, en su mayoría. El lunes de la semana pasada no tuve oportunidad de leer su artículo debido a una serie de foros en el Estado de México contra la trata de personas.

Algunos conocidos me compartieron su texto con cierta alarma, ya que, contrario a su profesionalismo, reafirma —sin fundamento periodístico— prejuicios que son comunes en este delito. Hago las siguientes precisiones.

Primero, la prostitución en la Ciudad de México no está prohibida en ninguna ley. Lo que está penado es que alguien se beneficie del trabajo sexual de una persona o que la obligue a hacerlo.

Sorprende que un comunicador de la talla de Sarmiento tome a la ligera un tema tan importante y desvíe a sus lectores a una visión sesgada a favor de los explotadores sexuales de menores de edad, como también de personas adultas.

No es asunto sencillo, pues quienes luchamos contra este delito escuchamos una y otra vez cómo las víctimas —mujeres, hombres y niños— están vigiladas, viven amenazadas y desarrollan relaciones de sometimiento con sus explotadores.

Podemos suponer que existan algunos negocios donde el erotismo se comercializa en legalidad, donde no hay secuestro, violación, explotación ni amenazas.

En mi experiencia —años de lucha contra la trata— nunca he escuchado de tal lugar. Las historias que han llegado a mis oídos siempre incluyen una cuota para el establecimiento, para el padrote o algo mucho peor.

Nadie está contra que un hombre o una mujer asistan a un espectáculo de este tipo y paguen el costo correspondiente. Lo que es un crimen es que quienes protagonizan ese espectáculo se vean forzadas a tener sexo con los clientes o que no puedan ser libres de hacer o ir adonde quieran porque son explotadas. Esclavas y esclavos para dejarlo claro.

No creo que la fiscal Juana Camila Bautista actúe como un Savonarola moderno. Al contrario, uno de los signos de avance en nuestra capital es que se actuó contra una mafia de dueños de giros negros, bien conectados e impunes durante años.

Es preocupante que no conozcamos casi ninguno de los nombres y rostros de las supuestas bailarinas que estaban en los table dance “por su propia decisión”. Dicen que son libres, pero no ejercen el derecho elemental de esa libertad: tener identidad.

Del otro lado tenemos los rostros, los nombres y los apellidos de cientos de mujeres que fueron víctimas de trata y pueden platicar con lujo de detalles cómo funciona el negocio y a lo que fueron sometidas.

Cuando Sergio afirma que las mujeres rescatadas son presionadas para testificar contra sus compañeros, solo hago mención de una nota reciente —del diario en el que publica— en la que se narra un interrogatorio durante el cual una de estas personas presuntamente “libres” recibió mensajes de amenaza frente al agente del Ministerio Público.

O recordar que, cuando acudieron a la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal con el argumento de que estaban trabajando por voluntad propia, ninguna se atrevió a dar su nombre, una dirección auténtica o ratificar la queja.

De acuerdo con los testimonios de quienes sí tienen nombre, esta es una red en la que están involucrados meseros, capitanes, boleteras y administrativos. No ignoran qué pasa en su lugar de trabajo ni tampoco son inocentes.

Coincido con Sergio en que son los eslabones más débiles de la cadena quienes caen primero, pero ya hemos visto aprehendidos a tratantes importantes.

Estoy segura de que lo último que hace Juana Camila Bautista, el procurador Rodolfo Ríos Garza o el jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera, es una campaña moralina contra los table dance.

Me parece muy peligroso minimizar la lucha contra la esclavitud y el abuso sexual de niños y niñas. Referirnos a esto como si fuera la necedad del conservadurismo retrógrado es injusto e irresponsable.

Vamos a hablar en serio de este tema. Los dueños del negocio de la trata son criminales, no tontos. Tejen redes de poder con el dinero que obtienen explotando mujeres —la mayoría menores de edad— para corromper a la patrulla en turno con más recursos que un “baile erótico”.

Hablamos de un grupo de consumidores de servicios sexuales que se permiten una doble moral, que jamás aceptarían haber abusado de una menor, pero son clientes cotidianos de giros negros y prostíbulos disfrazados de casas de masaje en las que otro las golpea y otro las amenaza o se aprovechan de su situación de exclusión para que ellos disfruten de una sesión sexual “libre de culpa” a sabiendas de que generalmente abusan de menores de edad y extranjeras sin visa de trabajo.

Si lo que queremos es una ciudad vanguardista que no prohíba los derechos de sus habitantes, ¿por qué no hay un registro del personal que labora en los table dance, incluidas bailarinas, con todas las de la ley, como corresponde a un establecimiento legal, independientemente de su giro? ¿Por qué no hay un registro de clientes? ¿O acaso queremos seguir con la doble moral del anonimato del cliente y de la defensa de estos giros a través de dimes y diretes?

Muchas personas que superaron la trata, hoy tienen hijos, parejas, profesiones y llevan una vida como la de cualquiera, porque ya nadie las presiona. Ellas saben lo que les conviene, porque se levantaron de una realidad atroz que pareciera les está negada socialmente por el simple hecho de que en algún momento fueron forzadas por sus tratantes a ejercer la prostitución.

Habrá quienes en su retrógrada doble moral puedan pensar que son mujeres de segunda, personas que eligieron el camino fácil, que no tienen oportunidades en la vida, por lo que lo único que pudieron hacer fue convertirse en bailarinas eróticas o trabajadoras sexuales.

Eso es discriminación y desconocimiento, pues para muchas de estas personas ha sido un infierno del que no encuentran ayuda ni comprensión de la sociedad, las autoridades y los medios para ejercer verdaderamente su libertad. 

Lo que sucede en estos lugares no es precisamente una actividad cultural, ya que la violencia, el amedrentamiento y el abuso son el menú diario. Al juzgar a la ligera se cae en el mismo extremo que se acusa, el de la intolerancia y el desconocimiento.

Las víctimas, de cualquier edad y género, no merecen este destino. Simplemente cayeron en una telaraña de corrupción y abuso de la que solo la muerte les podría librar. Y cuando lo lograron gracias a servidores públicos como Juana Camila Bautista y Miguel Ángel Mancera, encontraron que ese no es el único mundo ni la única vida a la que podían aspirar.

Y por último, si 49 mujeres adultas quisieran solamente bailar en el tubo, pero una es esclava, el lugar se cierra, la propiedad queda incautada y todas las personas que cometieron el delito o fueron omisos al no denunciar van a la cárcel. Eso se llama cero tolerancia a la esclavitud y eso es lo único que va a permitir que este delito acabe.

Estimado Sergio: no dudo de tu profesionalismo y es por ello que te invito a conocer de voz de activistas, abogados, servidores, pero sobre todo de sobrevivientes, sus historias.

Ellos sí están dispuestos a hacerlo arriesgando su vida y su libertad con tal de que nadie vuelva a sufrir lo que les pasó bajo el libelo de la ignorancia y la opacidad.

Twitter: @rosiorozco.

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